Real
Colegiata de Roncesvalles
El
contexto histórico
A
pocos pasos de haber iniciado el Camino de Santiago, en su recorrido
francés, los peregrinos, avistaban el primer paso pirenaico
hacia España. Ya lo había hecho Carlomagno en 778 aunque
el monarca francés encontrara la derrota y la muerte de su
principal paladín, Roland.
La
historia guerrera no ha hecho obviar la historia mística de
Roncesvalles o Rencesvals y aunque hoy es un pequeño caserío
agrupado en torno al monasterio de los padres Agustinos, la localidad
continúa mostrándose orgullosa de su pasado y de su
patrimonio histórico-artístico.
Santa
María de Roncesvalles
Considerada
paso natural entre España y Francia y recorrida por celtas,
romanos y todos aquellos pueblos que anduvieron entre ambos territorios,
Roncesvalles es uno de los puntos más importantes del Camino
de Santiago y aún más, un lugar donde los peregrinos
encontraron su refugio y su lugar de descanso.
Precisamente
comienza a afianzarse esta población debido a esas peregrinaciones
y a la construcción de uno de los albergues más antiguos:
el albergue de San Agustín que en 1135 pasó de
ser un pequeño hospital a un grandioso reposo para el que caminaba
en pro del Apóstol.
Con
el apoyo del rey García Ramírez, este albergue
comienza a tomar la forma de un gran centro de recepción de
peregrinos convirtiéndose en una Colegiata, a la que
se anexa la Iglesia de Santa María, una de las primeras
iglesias góticas de Europa y capricho personal del Rey Sancho
el Fuerte. Construida entre los siglos XII y XIII, es uno de los
mejores ejemplos del gótico francés ya que concurren
en ella, todas las características de la nueva arquitectura
de la Edad Media.
Con
una planta dividida en tres naves está cubierta, en toda su
estructura, de altas bóvedas de crucería. De esa época
se mantiene la radiante luz de los vanos enmarcados en arcos alancetados
que sirven de guía en la cabecera de la iglesia. Las vidrieras,
que se intuyen de la misma belleza que la Saint-Chapelle francesa,
se perdieron con el paso de los años.
Ese mismo altar, mantiene intacta la imagen de Santa María,
una talla gótica del siglo XIV que rompe, escultóricamente
hablando, con la tradición románica de la Virgen hierática.
Sentada, mira cariñosa al niño al que se le intuye en
actitud juguetona con su madre quien muestra la sonrisa gótica
y los ojos almendrados, típicos rasgos de la escultura gótica
francesa.
La
factura sobria del exterior, permite no obstante, admirar el rosetón
sencillo, austero y una portada coronada por un pantócrator
más ligado al románico que a los nuevos tiempos que
marcan la Baja Edad Media y acompañado de dos ángeles
celestes a ambos lados.
En
el interior, desde el altar mayor se continúa el recorrido
por el claustro moderno ya que el gótico se destruyó
en 1600. Desde ese claustro se abre la capilla de San Agustín.
De su pasado gótico queda su férrea estructura que la
hizo, durante siglos, sala capitular. Su planta cuadrada soporta unos
muros alzados por una bóveda de terceletes con ligaduras de
nervios y el centro, reposado, el sepulcro de Sancho VII el Fuerte
que desde el año 1912, conmemora allí su victoria en
las Navas de Tolosa. A Sancho el Fuerte se le atribuye al haber robado
al rey moro Miramamolín, las cadenas que hoy, forman parte
del Escudo de Navarra y que se pueden ver en esta singular capilla.