Tradicionalmente
se ha aceptado que la historia de España se diferencia de
la de otras naciones europeas en dos hechos trascendentes como es
la ocupación musulmana de gran parte de la Península
Ibérica durante siglos y el descubrimiento y conquista de
América.
Ciertamente,
estas dos situaciones han marcado con sello indeleble la conciencia
colectiva de España, para algunos separándonos y diferenciándonos
decisivamente de nuestros vecinos europeos (situados a nuestro norte)
al estar más pendientes de otros vecinos y asuntos localizados
en otras direcciones: sur y oeste.
Sin
ánimo de discutir o apoyar estas ideas, el caso es que la
historia de la Edad Media en España ha fascinado a números
historiadores, no sólo españoles, sino extranjeros
por su complejidad y riqueza de matices.
Esplendor
y aniquilación del reino germánico visigodo
España
comparte con otros países de Europa el arranque de la Alta
Edad Media como un inquietante periodo de transición tras
la caída definitiva del Imperio Romano y la constitución
de los nuevos reinos bárbaros. Incluso, los españoles
podemos presumir de que nuestro reino germánico correspondiente,
el visigodo, fue seguramente uno de los más avanzados de
cuantos constituyeron Europa durante los siglos VI y VII, en buena
medida gracias a la intensa romanización de la Hispania que
conquistaron.

Pero
este brillo -en relación con otros pueblos bárbaros-
no estuvo asociado a una fortaleza política y religiosa que
pudiera hacer frente a la invasión musulmana.
Y
es que uno de los grandes misterios de nuestra historia, sobre la
que se han escrito numerosísimas hipótesis y explicaciones,
es la fragilidad del Reino Visigodo, que se tradujo en su inmediata
desmantelación y rapidísima conquista por un puñado
de guerreros africanos y árabes, inicialmente en franca minoría
sobre la población hispano-romana-visigoda nativa.
La
fulgurante conquista política y militar de la mayor parte
de la Península por un conjunto de pueblos de distinta raza
pero animados por la misma fe, supuso una ruptura radical con respecto
a la trayectoria de otros los jóvenes reinos europeos.
Una
Edad Media de reinos, paces y guerras
A
partir de ese momento y en las zonas menos dominadas por los recién
llegados ocupantes, surgirán uno tras otro distintos empeños
de independencia que terminarán cristalizando en condados
y reinos cristianos que mantendrán durante siglos un crisol
de complejas relaciones entre sí.
Durante
siglos estos estados cristianos se moverán en una continua
alternancia de pactos, alianzas, guerras de frontera, relaciones
de familia, intentos de unificación y desunión, pero
animados por un más o menos inconsciente impulso de recuperación
de los territorios meridionales.
El
sistema de convivencia medieval, ya de por sí complejo en
el resto de Europa, se enriquece en matices aún más
en España por las relaciones de guerra y paz entres los reinos
cristianos y entre éstos y el mundo musulmán de Al-Andalus,
también privado de homogeneidad y tendente, como sus vecinos
cristianos, a tensiones constantes de unidad y ruptura.
La
dinámica de guerra y paz medieval en España entre
reinos cristianos y los distintos regímenes políticos
de Al-Andalus tiene como consecuencia otro hecho peculiar de la
Edad Media española, que es el trasiego de gentes que colonizan
y repueblan amplias extensiones del territorio a medida que las
fronteras descienden hacia el sur.

El
contacto con el resto de Europa es un objetivo imprescindible de
los jóvenes reinos cristianos para afianzarse ante el "enemigo"
árabe, tanto en el entorno político-militar (en numerosas
ocasiones son reclamadas ayudas, aunque con desconcertantes resultados)
como en el religioso y cultural.
En
este contexto, el Camino de Santiago permitirá a España
participar de las corrientes culturales, artísticas, religiosas
e incluso comerciales y económicas europeas, especialmente
durante los siglos XI al XIII.
Aunque
el proceso de "Reconquista" no finaliza hasta la toma
de Granada en 1492, bien es cierto que la mayor parte de la Península
e Islas Baleares pertenecen a las Coronas de Portugal, Castilla
y León y Aragón allá por la sexta o séptima
década del siglo XIII.

Si
exceptuamos el territorio que aproximadamente ocupan las actuales
provincias de Almería, Granada y Málaga, el resto
de la mitad meridional de la Península son conquistadas en
tan solo treinta años por Fernando III y su hijo Alfonso
X para Castilla y León y por Jaime I por parte de Aragón,
tras el rápido declive del poder almohade causado por su
derrota en las Naves de Tolosa.
A
partir de estas fechas España comienza un proceso de feudalización
y de incremento de poder señorial como consecuencia de los
repartimientos que los reyes hacen de los inmensos territorios conquistados
a los nobles guerreros que han intervenido en las victorias decisivas
(y aquí hay que citar, en el contexto hispano, la relevancia
de las órdenes militares que hicieron con extensiones enormes
de territorios bajo su control)
España
atraviesa la crisis de la Edad Media del siglo XIV con similares
problemas y calamidades que otros estados de Europa y sólo
en la segunda mitad del siglo XV logra recuperarse para acometer
hechos de tanta trascendencia como la conquista de Granada y el
descubrimiento de América, que, precisamente, marcan el fin
definitivo de la Edad Media y el nacimiento de la Era Moderna.
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