
Con la conquista
de estos enclaves, los clanes bereberes lograban unificar un espacio
económico especialmente sensible para al-Andalus, cuyo
comercio y riqueza dependían, en muy buena medida de estas
rutas.
La
situación en al-Andalus
Tras el periodo
amirí y la abolición del califato omeya de al-Andalus,
esta quedó fragmentada en diversos estados autónomos
cuya aparición no era reflejo sino de las tensiones religiosas,
étnicas, etc. existentes en el Islam hispánico desde
el tiempo de la conquista. Dicha situación de fragmentación
política sería aprovechada por los estados cristianos
que, tras décadas de amenaza, se veían no sólo
liberados sino con fuerzas suficientes para avanzar sobre el territorio
islámico: así, en 1085, se producirá uno
de los acontecimientos más importantes del proceso de Reconquista,
la toma por parte de Alfonso VI de Toledo, tras la llamada de
auxilio de una de las facciones que pugnaba por el control de
la taifa.

Ciertamente,
la toma de Toledo inquietó al resto de las taifas - la
toma de la antigua capital del Reino visigodo podía dar
pie a los monarcas cristianos a reivindicar todo el territorio
que formara parte del mismo y, pronto, Alfonso VI comenzó
a dar muestras de ello al reclamar a al-Mutamid de Sevillas fortalezas
que habían pertenecido en algún momento de la taifa
toledana -.
La
conquista almorávide de al-Andalus
La reclamación
realizada por Alfonso VI sobre las plazas sevillanas y el hecho
de que amenazara también con tomar Córdoba y Zaragoza,
determinaron a los taifas de Sevilla, Granada y Badajoz a invitar
al almorávide Yusuf ben Tashfin a pasar a la Península
- algo que los almorávides esperaban con ansiedad hacer,
de grado o por fuerza, mucho antes de que Toledo cayera en manos
cristianas, a tenor de las operaciones preparatorias realizadas
con la toma de Melilla en 1077 y Ceuta en 1084 -.

Los ejércitos
musulmanes inflingirían una terrible derrota al monarca
castellano en Sagrajas (octubre de 1086) y solo un hecho fortuito
- la muerte del hijo y heredero de ben Tashfin - obligaría
al almorávide a regresar a África para asegurar
la estabilidad y continuidad del imperio, salvando así
la ciudad de Toledo y, en buena medida, a todo el reino cristiano.
La situación
de equilibrio se había restablecido en la Península,
pero los almorávides no pretendían ser meras fuerzas
auxiliares de las taifas, ni siquiera sostenerlas, sino incorporarlas
al sistema económico y militar del imperio almorávide,
de modo que, aprovechando el descontento existente entre los musulmanes
andalusíes por la cada vez mayor carga tributaria, los
norteafricanos decidieron dar un golpe de fuerza e invadir las
taifas.

Los gobernantes
musulmanes de las mismas, habían llamado a los almorávides
sólo para frenar los ímpetus castellanos, pero ante
la perspectiva de verse sometidos por el rigorismo fanático
de los almorávides, decidieron ahora pedir ayuda a Alfonso
VI y a otras taifas conscientes de lo que la dominación
bereber supondría. Sin embargo, una a una, las taifas de
Granada, Badajoz, Córdoba, Málaga o Sevilla fueron
cayendo entre 1090 y 1091 en manos bereberes. Otra importante
taifa sobre la que aspiraban imponer su dominio los almorávides,
Valencia, sería protegida por Rodrigo Díaz de Vivar,
el Cid, si bien, en 1102, poco después de su muerte, la
posición de los cristianos se hizo insostenible viéndose
obligados a evacuar la ciudad.

Pocos años
después, se producía un nuevo revés en Uclés
(1108), especialmente grave por cuanto en la misma moriría
el heredero de Alfonso VI, Sancho Alfónsez, nacido de la
unión del monarca castellano con una princesa sevillana,
Zaida-Isabel: la derrota, la pérdida del heredero y el
deterioro del monarca generaron gran inquietud en el reino, por
ejemplo en Galicia, que comenzó a agitarse. Ante esta alarmante
situación, se optó por casar a la primogénita
del rey, Urraca, con el único monarca cristiano que estaba
dando muestras de autoridad y capacidad militar, Alfonso I el
Batallador de Aragón. A pesar de las tensiones y enfrentamientos
que este matrimonio provocó en Castilla, las victorias
del Batallador supusieron un respiro para los cristianos, que
veían esperanzados cómo el aragonés se permitía
incluso llegar a las Alpujarras y Motril, u ocupar Zaragoza (1118).
Sería durante la campaña andaluza, cuando el Batallador
traería consigo a unos catorce mil cristianos mozárabes
que habían sufrido desde 1090 la intolerancia y persecución
de los almorávides, los cuales, culminaron su obra de erradicación
del cristianismo andalusí con la deportación de
los supervivientes al Norte de África, adelantando en unos
seis siglos lo que después haría Felipe III con
los moriscos.

El
fin de la dominación almorávide
Con la separación
de Urraca y Alfonso I, y en consecuencia de Castilla y Aragón,
el Batallador se había visto libre para emprender las victoriosas
campañas que hemos mencionado, aliviando la presión
sufrida por los cristianos españoles. Sin embargo, Alfonso
VII de Castilla, hijo de Urraca, era consciente de que este método
era lento y podría llegar a ser contraproducente: a pesar
de los síntomas de debilidad que mostraba el imperio almorávide,
a los cristianos no les sería posible infligir un golpe
suficientemente contundente como para despejar la amenaza que
se cernía constantemente sobre ellos; era preciso contar
con el concurso de los propios musulmanes andalusíes.
Éstos,
por su parte, acusaban el fanatismo almorávide, el creciente
despotismo, el incremento de las cargas impositivas o el progresivo
deterioro de la economía andalusí. Por eso, Alfonso
VII consideró suscitar un líder musulmán,
pero refractario a los almorávides e imbuido de un ideal
andalusí bien diferenciado del Magreb. Así, el apoyo
cristiano a una jefatura musulmana capaz de movilizar a los andalusíes,
y las ansias de estos de sacudirse el yugo almorávide,
facilitaron la elección de Zafadola, descendiente del prestigioso
linaje de los Banu Hud y de Abd el Malik, que había rechazado
siempre la soberanía almorávide, como candidato
a convertirse en el aliado del castellano en su lucha contra los
almorávides.

Los cristianos
debían demostrar - y así lo hicieron con las campañas
de 1132 que, partiendo de Toledo y Salamanca, alcanzaron el Guadalquivir
-, que los almorávides ya no tenían fuerza para
resistir el avance cristiano, a la par que los agentes del Banu
Hud agitaban a los musulmanes hispánicos contra los tiránicos
y ahora también inoperativos bereberes. Sin embargo, a
los agentes de Zafadola, se habían sumado los seguidores
de un nuevo movimiento religioso de origen bereber, los almohades.
Este movimiento,
nacido también en el Sáhara, logrará derrotar
a los almorávides en el Magreb, obligando a las tropas
establecidas en al-Andalus a trasladarse al otro lado del Estrecho,
para proteger la capital Marraquech y, sobre todo, los territorios
que conectaban con el África subsahariana, la fuente de
su inicial poderío.
Con la retirada
de las tropas almorávides de la Península, surgirán
diversos poderes territoriales que sumirán al-Andalus en
el caos, dado que la mayor parte de ellos no reconocerán
la autoridad de Zafadola, un líder, al fin y al cabo, suscitado
por el rey cristiano Alfonso VII. Enfrentados entre ellos y amenazados
por la presión cristiana, muchos musulmanes andalusíes
consideraron la posibilidad de llamar en su auxilio a los almohades,
si bien, el reciente trauma que había supuesto la dominación
almorávide llevaba a los poderes andalusíes a ser
cautos; de hecho, las represalias llevadas a cabo por la avanzadilla
almohade establecida en la Baja Andalucía provocaron una
gran revuelta contra los mismos y el temor a un nuevo período
de oscuridad. Sin embargo, en 1150 los almohades resolvieron ocupar
al-Andalus, con o sin el concurso de los poderes musulmanes de
España: se iniciaba así la dominación almohade
de al-Andalus.

Mientras
tanto, los almorávides supervivientes mantenían
algunos enclaves en en Ifriqiya y en las Baleares, desde donde
seguirían hostilizando a sus, ahora, más encarnizados
adversarios, los almohades, los cuales, entre 1187 y 1203 acabarían
por tomar Mallorca y empujar a los almorávides a Libia.
Autor
del artículo/colaborador de ARTEGUIAS:
Jorge Martín Quintana)