Introducción
La
localidad de Palacios de Benaver se sitúa a poco
más de veinte kilómetros al oeste de la capital
burgalesa, dividiéndose su casco urbano en dos barrios
separados entre sí unos 750 metros por el pequeño
vallejo que a su paso crea el río Ruyales.
El barrio principal queda presidido por la iglesia
de San Martín Obispo, de origen románico aunque
objeto de diversas transformaciones a lo largo de los siglos;
mientras que el barrio menor, en el que se ubica el antiguo
monasterio de San Salvador que ahora nos ocupa, más
bien puede considerarse un modesto asentamiento de viviendas
surgidas al amparo del cenobio desde la misma Edad Media.

Historia
Más allá de relatos de carácter
legendario que remontan el origen del Monasterio de Palacios
de Benaver al siglo IX convirtiéndolo en la comunidad
monacal femenina más antigua de España, lo cierto
es que la primera fuente documental fehaciente de Palacios de
Benaver la encontramos hacia mediados del siglo XII entre la
nómina de posesiones de la familia Lara dentro de la
Merindad de Castrojeriz.

Para hallar una mención explícita
a la comunidad monástica de San Salvador de Palacios
hay que esperar casi un siglo más, concretamente hasta
1231, año en el que Doña Mayor, esposa del Conde
Fernando Núñez de Lara, ratifica una serie de
ventas de la abadesa de San Salvador al Hospital burgalés
del Emperador.

Apenas una década después Sancha
Fernández, hija de la citada pareja condal, entrega el
cenobio a la mitra burgalesa, iniciándose entre los siglos
XIII y XIV su etapa de mayor esplendor, en la cual, consta documentado
que la madre abadesa de San Salvador ejercía casi de
señora feudal sobre sus territorios adscritos, teniendo
potestad para elegir y deponer alcaldes e incluso para saltarse
excepcionalmente su clausura con el fin de visitar sus posesiones.

De una manera mucho más modesta, la comunidad
femenina de San Salvador de Palacios de Benaver se mantuvo vigente
durante toda la Edad Moderna hasta la Desamortización
de Mendizábal, por la cual, si bien el cenobio no llegó
nunca a quedar deshabitado, sí que perdió la mayoría
de sus posesiones.

Ya en el siglo XX, el convento pasó a funcionar
primero como colegio y después como escuela-hogar en
el que las propias religiosas ejercían de docentes. Finalmente,
en la década de los noventa de la pasada centuria se
estableció como una modesta hospedería doméstica
aún hoy abierta.
La leyenda de las trescientas monjas de Palacios
de Benaver
Cuenta esta leyenda, cuyos orígenes se remontan
a la propia época medieval, que en el año 834,
concretamente un 6 de abril, el caudillo musulmán Zefa,
tras ejecutar a toda la comunidad monástica de San Pedro
de Cardeña, decidió saquear también el
no lejano monasterio de San Salvador de Palacios de Benaver.
Alertadas de tales intenciones, la abadesa de Palacios
de nombre Redigunda, con la idea de asustar a las tropas árabes
o al menos evitar ser ultrajadas, propuso a sus hermanas amputarse
la nariz, una decisión que la comunidad aceptó
al completo y sin vacilaciones.

La drástica medida no resultaría
efectiva ya que las trescientas monjas murieron martirizadas,
brotando en el claustro un árbol cuyos frutos recordaban
a la cara de una religiosa sin nariz.
Casi siglo y medio después, el Conde Garci
Fernández tras encontrar en un bosque cercano una talla
de Cristo, decidió reconstruir el cenobio y restaurar
la vida monástica. Hoy en día puede verse inmortalizada
en el interior de la iglesia una pintura de cronología
relativamente moderna que se hace eco del legendario episodio.
Aunque las incursiones y escaramuzas árabes
en territorio reconquistado fueron bastante comunes y en muchos
casos perfectamente documentadas, no existe constancia de que
este episodio sucediese en la realidad -al menos en tan temprana
fecha-, la cual, lo convertirían, como hemos dicho, en
el monasterio femenino más antiguo de España.

El Monasterio
Lo que en la actualidad podemos apreciar del antiguo
monasterio de San Salvador de Palacios de Benaver es una austera
iglesia gótica de probablemente el siglo XIII configurada
mediante una nave principal cubierta con bóvedas de crucería
que desemboca en un espacio presbiterial de planta ligeramente
poligonal y notablemente elevado respecto al nivel de la nave,
siendo accesible mediante una breve escalera.

Al costado norte de la nave principal, en una etapa
inmediatamente posterior a la construcción de la iglesia,
fue erigida una capilla funeraria a modo de absidiola semicircular
paralela a la cabecera principal del templo.
Esta capilla, cubierta también con bóveda
de crucería nervada, acoge el monumento funerario de
Garci Fernández Manrique, Teresa de Zúñiga
y el primogénito de ambos de nombre Pedro, cuyas efigies
yacentes fueron talladas en madera de nogal.

Al exterior, los únicos restos visibles
de su pasado gótico son la antigua puerta de acceso a
la iglesia, de abocinadas y desnudas arquivoltas apuntadas,
y el ábside poligonal, dividido en paños mediante
potentes contrafuertes entre los cuales, en los tres lienzos
centrales, abren otros tantos ventanales apuntadas geminadas.

El resto de estancias monacales son fruto de reformas
renacentistas y barrocas, tanto la puerta de acceso adintelada
coronada por una imagen del Salvador, como el claustro, cuyas
crujías abren al jardín central mediante austeros
arcos escarzanos.
El cristo crucificado
El elemento más destacable del conjunto
monástico de Palacios de Benaver es sin lugar a dudas
el cristo románico que se custodia en su interior en
una capilla abierta al lado del evangelio, llamado popularmente
"el Cristo de los Ojos Grandes" y que por sí
solo justifica la visita al cenobio.
Magníficamente conservado, está unánimemente
considerado por los especialistas como uno de los cristos románicos
castellanos más valiosos, pudiendo ser datado en el siglo
XI. Realizado en madera, mide nada menos que 274 centímetros
de alto y 225 de ancho de brazo a brazo, presentando las típicas
características de los crucificados románicos:
cuatro clavos, paño largo, cristo vivo y sereno (que
reina desde la Cruz), etcétera.

Recientes estudios han planteado incluso
que los signos de violencia y sangre sobre el cuerpo de Cristo
pudieran haber sido realizados en una segunda etapa, y que originalmente
fuera concebido como un cristo totalmente incruento.
Durante las labores de restauración
llevadas a cabo en 2007 por medio de la Fundación del
Patrimonio Histórico de Castilla y León, además
de varias capas de repintes sucesivos, aparecieron restos de
la policromía original del anverso y el reveros de la
cruz, destacando en este último una representación
del Agnus Dei.
