Monasterio
de Santa Cruz de la Zarza (Ribas de Campos, Palencia)
Introducción geográfica e histórica
A unos 20 kilómetros al norte de la ciudad de
Palencia y en pleno corazón de Tierra de Campos, el Monasterio
premostratense de Santa Cruz de la Zarza se sitúa dentro
del término municipal de Ribas de Campos, en una fértil
vega muy cerca de la confluencia de los ríos Carrión
y Ucieza.

Conservado
en precario estado dentro de una finca particular de explotación
agroganadera, los restos del monasterio, cuya titularidad es objeto
desde hace años de un complejo contencioso administrativo
y judicial, sobreviven como pueden al paso de los años pidiendo
a gritos una adecuada restauración y puesta en valor que
parece no llegar nunca.

Pese a que la tradición sitúa su origen
allá por el siglo X por iniciativa del Conde Ansúrez,
lo cierto es que
los orígenes del Monasterio premostratense de Santa Cruz
de la Zarza se remontan a 1176, cuando, tras una serie de
privilegios extendidos por el monarca Alfonso VIII, una grupo de
monjes procedentes del cenobio vallisoletano de Retuerta establecen
en Ribas de Campos una primera comunidad estable.

Santa Cruz de Ribas vivió durante toda la Baja
Edad Media sus momentos de mayor crecimiento y esplendor, siendo
objeto de varias reformas y ampliaciones hasta que, en 1581, el
capítulo general de la Orden Premostratense decretó
el traslado de la comunidad a Valladolid, el cual se concretaría
en 1627.

A
nivel arquitectónica nos interesa especialmente la reforma
acometida entre los siglos XV y XVI, cuando se reedificaría
la nave central y se proyectarían dos laterales, de las cuales,
sólo la septentrional fue concluida en sus dos tramos, aprovechándose
el espacio destinado a la nave sur para levantar una torre.

A partir del siglo XVII, el monasterio de Santa Cruz
de La Zarza inició un lento proceso de degradación
y declive que se vio agravado aún más por un incendio
y una inundación durante el siglo XVIII hasta que, tras las
leyes desamortizadoras del la decimonovena centuria, quedó
en su estado actual de semiabandono.

El Monasterio de Santa Cruz de la Zarza
Del primitivo conjunto monacal románico tan
solo ha llegado a nuestros días parte de la iglesia y su
sala capitular, sin duda, una de las más valiosas de la Península
Ibérica.

A partir de lo conservado puede apreciarse en él
una clara filiación estilística con el también
palentino monasterio cisterciense de San Andrés de Arroyo,
y es que, pese a que la orden premostratense se regía por
la regla agustiniana, varios de sus cenobios se vieron ciertamente
influidos -al menos en lo constructivo- por los preceptos que imponía
la cada vez más influyente orden benedictina del Císter.

La iglesia
En la actualidad, la iglesia monacal de Santa Cruz
de la Zarza presenta una planta de cruz latina de tres naves, transepto
marcado en alzado pero no en planta y una cabecera de triple ábside
en la cual, los laterales son de planta cuadrangular mientras que
el central, de mayores dimensiones, se caracteriza por su planimetría
poligonal marcada por contrafuertes angulares a modo de pilastras
más tramo recto

Dicha estructura es el resultado de las reformas que
fueron acometidas en su cuerpo de naves en época gótica,
ya que, en origen, la iglesia respondería al modelo de nave
única al que le fueron posteriormente añadidas las
dos colaterales con la particularidad de que la nave sur quedó
incompleta en sus últimos tramos hacia los pies al ser erigido
el bloque cúbico de la torre campanario.

Interior
Cubren las naves mediante bóvedas de crucería;
estrellada la central y de terceletes las laterales. También
de crucería aunque más arcaica fue la solución
elegida para el tramo recto, disponiéndose un tercer nervio
longitudinal llamado "espinazo" al estilo de las bóvedas
de la catedral de Burgos.

Sin lugar a dudas, el elemento más interesante
de la iglesia es su ábside central, también cerrado
con bóveda de crucería determinada por nervios que
convergen en un disco floral justo en la clave y que se prolongan
por las paredes absidales ya en forma de finas semicolumnas entre
las que abren elegantes un total de cinco ventanales de perfil apuntado.

La mayor parte de los capiteles son vegetales pero
también los hay figurados: parejas de grifos picando piñas
o frutos; cabezas humanas entre follaje, rudas arpías encapuchadas,
ángeles portando objetos en sus manos; cabecitas, etc.


En las ménsulas que recogen los nervios del
cimborrio se esculpieron los cuatro símbolos del Tetramorfos:
San Juan, San Marcos, San Mateo y San Lucas en sus iconografías
respectivas de águila, león, ángel, y buey.
La colocación de loe Evangelistas en los soportes de las
cúpulas de las linternas cimborrios tiene una larga tradición
en la arquitectura cristiana medieval.

Exterior
Al
exterior, esas semicolumnas del interior absidal vienen a coincidir
con sus correspondientes pilastrillas angulares a modo de contrafuertes,
repitiéndose entre ellas la sucesión de ventanales
apuntados sobre finas columnillas y capiteles de raíz cisterciense.
Los capiteles de este ábside central son fitomorfos.
Sendos ventanales -de apuntamiento algo menos acusado
que en el central- se abren también en el eje del muro plano
de cada una de las dos absidiolas laterales.
En el ventanal del ábside de la Epístola
donde encontramos dos capiteles figurados. Uno con una pareja de
expresivos dragones de doble cabeza con todos sus cuellos entrelazados.
EN la cesta vecina hay una ave en posición frontal.

Conserva la iglesia dos sencillas puertas de entrada;
una de medio punto dovelada en el primer tramo de la nave lateral
norte, y otra apuntada en el hastial occidental algo desplazada
del eje, sobre la cual, animando el imafronte, se dispone un agudo
ventanal también ojival.

Al interior, dentro de un clima de gran austeridad,
los únicos guiños decorativos quedan reservados a
los capiteles del crucero y de la cabecera, todos ellos de temática
vegetal de inspiración andresina aunque ejecutados por unas
manos mucho menos depuradas técnicamente que los que veremos
en la sala capitular.
La sala capitular del Monasterio de Santa Cruz
de la Zarza
Al sur de la iglesia se levantaría el claustro,
hasta hace poco tiempo desaparecido. Por fortuna, recientes obras
están sacando a la luz su contorno y el afloramiento de algunos
muros de las dependencias claustrales. De las dependencias comunes
a todo cenobio tan solo ha llegado a nuestros días su magnífica
sala capitular, erigida en lo que vendría a ser la panda
claustral este y separada del brazo meridional del crucero por una
pequeña estancia que haría las veces de sacristía.

Además
de sus fina arquitectura, el gran interés de esta sala capitular
son los capiteles que se despliegan en sus frentes desde entramados
vegetales, a veces en convivencia con animales reales o fantásticos,
hasta escenografías narrativas con combates entre humanos
y animales. Más adelante nos centraremos en la prolija descripción
de estas cestas.

Conservada en precario estado y bastante invadida por
la vegetación, consta la sala de nueve tramos cubiertos con
bóvedas de crucería cuyos nervios parten de cuatro
potentes columnas exentas en el centro y van a desembocar en columnillas
adosadas a los muros perimetrales de la estancia, presentando la
particularidad de que en los soportes no angulares, las columnas
son pareadas.

La sala capitular comunicaba con la crujía claustral
mediante un sencillo arco de medio punto de dovelaje rehundido flanqueado
a cada uno de sus lados por sendos ventanales, los cuales, quedan
conformados por un gran arco de medio punto envolvente en el que
se inscriben dos arquillos menores de tipo ajimezado.

Los capiteles de la sala capitular
Los capiteles, técnicamente mucho más
refinados que los de la iglesia, denotan repertorios procedentes
del no lejano cenobio cisterciense de San Andrés de Arroyo.

Precisamente por ese influjo de la orden del Císter,
predominan en los capiteles los repertorios decorativos vegetales
a base de acantos, pencas, zarcillos, piñas, flores de aro
con su fruto arracimado y entramados entre los que puntualmente
aparece algún personaje o algún animal fantástico
como grifos o arpías.

Rompen la monotonía ornamental de la sala algunos
capiteles figurados que de nuevo nos remiten al norte palentino
(escultores de Aguilar de Campoo con claras reminiscencias silenses).
Capitel con arpías
Son cuatro las arpías encapuchadas que se nos
muestran en este capital adosado a la pared. Dos se muestran en
la cara principal y las otras dos en las caras laterales.

Dos capiteles con grifos
Existen dos capiteles de elegantísimos grifos. Uno
de ellos lo encontraremos en el ventanal de acceso al claustro.
Aquí los animales voltean sus cuellos hacia atrás.

El otro se halla en la esquina de la sala y, a pesar
del desgaste, muestran una más delicada factura que el anterior.

Capitel de leones
en la cara ancha de una pareja de capiteles adosada
al muro se esculpieron cuatro leones de pequeño tamaño
rodeados de intrincados entrelazos.

Capitel del combate entre caballeros y el Buen Pastor
El más interesante sin embargo es el dispuesto
en la cesta que corona el par de columnas adosado al muro norte
de la sala capitular. En él aparece en su cara principal
una escena de combate entre jinetes ataviados con cota de malla
y celada que, además de sus escudos, portan respectivamente
una lanza y una espada.

En las caras laterales del mismo capitel, algo más
deterioradas, se adivina a un lado un personaje portando un cordero
al cuello, y al otro un guerrero -esta vez a pie- alanceando la
boca de un dragón.
A modo de conclusión, ni que decir tiene
que un monumento de esta relevancia e interés merecería,
antes de que sea tarde, una urgente restauración y puesta
en valor que lo saque de su abandono y evite su desaparición.
(Autor del texto del artículo/colaborador
de ARTEGUIAS:
José Manuel Tomé)
