Así reza la inscripción relatada
por Andrea Agánelo en su Líber Pontificales, el
libro dedicado a la historia de la iglesia de Rávena (siglo
IX d.C.), que según el historiador debió estar originalmente
situada en la zona del ábside.

Tras la derrota de Teodorico y la conquista
de Rávena por los bizantinos, la basílica fue donada
por Justiniano a la Iglesia Católica y reconsagrada a San
Martín de Tours (defensor de la fe católica y oponente
de toda herejía), con un nuevo nombre: San Martino en Cielo
Dorado.
En el año 725 d.C. la iglesia fue dañada por un
violento terremoto, que provocó el derrumbe del ábside.

En el siglo IX d. C. se decidió trasladar
a esta iglesia, que se encontraba dentro de las murallas de la
ciudad, las reliquias del primer obispo de Rávena Apolinar,
anteriormente guardadas en la Basílica de San Apolinar
en Classe. Esto tenía como objetivo defenderlas mejor de
las frecuentes incursiones piratas en la costa de Rávena.
Así, San Martino en Ciel d'Oro se convirtió en Sant'Apollinare
Nuovo (San Apolinar el Nuevo) para todos.
Durante la Primera Guerra Mundial, en 1916
la iglesia fue bombardeada y sufrió importantes daños.

Arquitectura
La planta de San Apolinar el Nuevo de Rávena
es la normal en las basílicas de esta época, constituida
por un alargado y orientado cuerpo de tres naves que se separan
entre si mediante arcos de medio punto sobre columnas exentas.
La nave central tiene el doble de anchura que las colaterales.
La iglesia se completó con un ábside semicircular
por dentro y poligonal (hemidecagonal) por fuera, reconstruido
en el siglo XVI y destruido de nuevo durante la Segunda Guerra
Mundial. También tiene dos absidiolos laterales más
pequeños llamados diaconicón y prótesis.

Exterior
La fachada de Sant'Apollinare Nuovo, con su sencillo
revestimiento de ladrillo, tiene salientes abiertos en la parte
superior por una gran ventana con parteluz de mármol, coronada
a su vez por dos pequeñas ventanas de un solo vano, una
al lado de la otra.

El tradicional cuadripórtico fue sustituido
por un pórtico de entrada tipo nártex. El actual,
reconstruido en el siglo XVI con formas clásicas, es completamente
incongruente con la iglesia paleocristiana.
Del exterior sobresale el espectacular campanario
de planta circular. Está realizado en ladrillo, datando
de los siglos IX o X. Sus cuerpos se separan mediante frisos de
ladrillos (uno es esquina) y lleva vanos superpuestos en los cuatro
puntos cardinales. Al principio son de un solo vano sencillo pero
al ascender se van convirtiendo en bíforos y tríforos.

Interior
Al acceder observamos la elegancia y armonía
de su estructura basilical longitudinal de tres naves con sus
arquerías de medio punto sobre doce pares de columnas.

No obstante, el visitante suele venir a esta iglesia
buscando sus celebérrimos mosaicos, considerados los más
importantes del mundo de la era paleocristiana teodericiana y
bizantina temprana que se fijaron en los muros de elevación
vertical sobre los arcos formeros y sus columnas.

Una obra maestra de inmenso valor que, desde un punto
de vista estilístico, iconográfico e ideológico,
nos permite seguir la evolución del mosaico desde el paganismo
al Cristianismo.
Los mosaicos
La basílica de San Apolinar el Nuevo conserva
buena parte del ciclo original de mosaicos paleocristianos tardíos,
que datan del primer cuarto del siglo VI d.C. Estos ciclos, creados
para celebrar al nuevo soberano, Teodorico, originalmente cubrían
los muros sobre los arcos que dividen las naves en tres registros
superpuestos.

Sus temas estaban vinculados a la religión
arriana, apoyada por Teodorico. Por este motivo, en el momento
de la conquista bizantina de la ciudad de Rávena en el
año 540, por iniciativa del obispo Agnello, parte de las
iconografías fueron suprimidas, salvándose los pasajes
evangélicos sobre Cristo, los santos y los profetas en
los registros medio y superior; las escenas con vistas al puerto
de Classe y al palacio de Teodorico en el registro inferior.
Por el contrario, en los mosaicos del nivel inferior
y más próximo al observador, se llevó a cabo
una verdadera redecoración, suprimiendo además los
retratos que pertenecieron al propio Teodorico y a sus dignatarios.
Desde el punto de vista estilístico estos
mosaicos paleocristianos de época de Teodorico muestran,
en comparación con las del Mausoleo de Gala Placidia, signos
de una importante evolución estilística. Se ha abandonado
cualquier afán de realismo, mientras prevalece la búsqueda
de la estilización. Los personajes se diferencian por proporciones
jerárquicas, en función de su importancia. El fondo
dorado, inspirado en el ejemplo del arte contemporáneo
de Constantinopla, crea escenarios antinaturales que aluden a
una dimensión distinta al mundo físico, a la dimensión
espiritual.

Este sistema de representación conscientemente
ignora la verosimilitud. Esto sucede porque se trata de una forma
autónoma de concebir la representación, que puede
tender a ser ajena al gusto estético occidental actual,
tan impregnado de clasicismo, pero que es claramente inherente
al arte mismo.

La espiritualidad cristiana no encontró en
el realismo perspectivo, concebido a la manera de la pintura grecorromana,
una identidad propia capaz de satisfacer las nuevas necesidades
religiosas. De hecho, ya a finales del siglo V, el arte comenzó
a hacer uso de composiciones en perspectiva sin escorzos ni puntos
de fuga, cuyo resultado es decididamente poco fiel a la visión
normal que un observador tiene de la realidad.

Cuando la función didáctica del arte
exigía alusiones a espacios reales, se prefirió
romper la unidad espacial, favoreciendo una recomposición
esquemática de los episodios individuales. En la Basílica
de San Apolinar Nuevo, por ejemplo, las dos escenas con el Palacio
de Teodorico y el Puerto de Classe no utilizan ni la tridimensionalidad
ni la perspectiva.
Registro superior
En este nivel superior aparecen 26 pasajes evangélicos
de Cristo extraídos del Nuevo Testamento. Cada pasaje individual
está contenido dentro de una caja rectangular. Jesús
aparece allí en la iconografía tradicional del Cristo
imberbe apolíneo, a excepción de las escenas de
la Pasión, en las que se le presenta con barba. Entre un
piso y otro se repite la imagen simbólica de un pabellón
coronado por una cruz y dos palomas.

En la escena de Cristo separando las ovejas de los
cabritos, Jesús está rigurosamente inmóvil,
mientras que los dos ángeles no están correctamente
situados en un espacio sino que están literalmente unidos
con los animales que, en teoría, deberían estar
delante. Todos los personajes, situados uno al lado del otro en
primer plano y rígidamente frontales, parecen desprovistos
de volumen. Sus imágenes parecen literalmente recortes
de papel pegados uno encima de otro.

Otro mosaico esclarecedor del registro superior es
el de la Última Cena. No hay una ambientación concreta,
porque el fondo dorado hace que el contexto esté desprovisto
de referencias espacio-temporales. Jesús, cuya figura es
más grande que las demás, según el principio
de proporciones jerárquicas, viste un manto de color púrpura
y está acostado a su izquierda. Los apóstoles, que
deberían aparecer en círculo, están dispuestos,
casi como si fueran las cartas abiertas de una baraja, alrededor
de un "arco" que en realidad sería la concavidad
de la mesa.

Además de las iconografías comentadas,
en estas "viñetas" del espacio superior se representan
numerosos milagros de Jesús como la curación del
ciego, la curación del paralítico, un exorcismo,
la resurrección de Lázaro, la multiplicación
de los panes y los peces, etc.

Registro medio
Entre los ventanales de iluminación de los
muros verticales, aparecen Santos y Profetas con claroscuros y
túnicas ricamente decoradas. Además, a pesar del
fondo dorado, apoyan los pies en un plano de perspectiva.

Registro inferior
El registro inferior de San Apolinar es muy interesante
y en él quedan mosaicos de la época de Teodorico
y también del periodo bizantino. Del primero hay que destacar
las representaciones del palacio del propio rey ostrogodo Teodorico
y del puerto marítimo de Classe. El primero es representado
con poca perspectiva mediante estructuras porticadas con columnas
corintias, mosaicos y cortinajes. Los edificios que se vislumbran
más allá del Palacio representan la ciudad de Rávena.

En época bizantina, este mosaico sufrió
una forma de "damnatio memoriae" de modo que todas las
figuras, que probablemente representaban al propio Teodorico y
a sus dignatarios, fueron suprimidas y sustituidas por cortinas
blancas y doradas colgadas entre una columna y otra. Algunas manos
permanecen superpuestas a las columnas para dar testimonio de
su antigua presencia.
Enfrente, encontramos el mosaico que representa el
puerto militar de Classe, el más importante del Adriático
y uno de los más relevantes de Occidente (Classis significa
en latín flota). Se ven las murallas almenadas de la ciudad,
altas y poderosas, de las que emergen algunos edificios muy estilizados,
incluido un anfiteatro. En el extremo derecho está la puerta
de la ciudad, encima de la cual leemos CIVI[TAS] CLASSIS, Ciudad
de Clase.

A la izquierda, entre dos altas torres de piedra,
se vislumbra el agua del Adriático. El mar está
representado verticalmente y los tres barcos también se
muestran uno encima del otro, como si flotaran en el aire. Esto
cae dentro de la lógica de la representación en
perspectiva del cristianismo primitivo. Si los barcos se hubieran
superpuesto correctamente, siguiendo las reglas de la perspectiva
lineal o científica, no todos habrían sido perfectamente
visibles.

También en el registro inferior tenemos los
mosaicos conocidos como de los Santos Mártires y las Santísimas
Vírgenes, realizados en la época de dominio bizantino
(cuando Rávena era un Exarcado dependiente de Constantinopla
) y resaltan algunas de las características del arte del
Imperio de Oriente como: la repetitividad de los gestos, el preciosismo
de la ropa, la falta de volumen (con el consiguiente aplanamiento
o bidimensionalidad de las figuras) y de nuevo la frontalidad
absoluta, la fijeza de las miradas, la casi monocromía
de los fondos (un oro deslumbrante), el uso de elementos vegetales
con fines puramente ornamentales y de relleno, la falta de una
superficie de apoyo para las figuras que, por tanto, parecen como
si flotaran en el espacio.

En el tema de la procesión de los mártires
(identificados por su nombre escrito en la parte superior), éstos
avanzan solemnemente con sus túnicas blancas desde Rávena
hacia Jesús por un prado florido con altas palmeras, cubiertos
por su manto en señal de ofrenda sagrada, ofreciendo una
preciosa corona, símbolo del martirio.

Jesús les espera en un trono repleto de piedras
preciosas. Viste túnica púrpura y aparece barbado.
A los lados hay dos parejas de ángeles prácticamente
idénticos. También hay que fijarse que el escabel
del trono de Cristo está representado con perspectiva lineal.

El mosaico de la procesión de las Vírgenes
también fija el origen en la ciudad portuaria de Classe
con un prado florido con altas palmeras al fondo. Cada virgen
es identificada por su nombre, tiene una aureola y va vestida
con ropajes reales, mientras ofrece, cubierta con un velo en señal
de ofrenda sagrada, una preciosa corona, símbolo del martirio.

Al final de la procesión se representa la
Epifanía, es decir, la adoración de los Reyes Magos
(con calzones, manto y gorro frigio) al Niño Jesús
que se encuentra con la Virgen entronizada entre cuatro ángeles.
Aquí, el escabel sí se ha representado con perspectiva
inversa.

Con todo, el mosaico más popular y fotografiado
de la Basílica de San Apolinar el Nuevo de Rávena
es, precisamente, el de los Magos. Los Evangelios no aportan demasiados
detalles sobre estos personajes. De hecho no indican que fueran
tres ni que fueran reyes, sino sólo magos, que en el concepto
antiguo se podría traducir como astrónomos. Obviamente,
tampoco se indica en la Biblia que sus nombre fueran Melchor,
Gaspar y Baltasar. Sin embargo desde muy pronto, la tradición
cristiana fue admitiendo estas condiciones y características.
En concreto, este mosaico de la Adoración
de los Magos aporta aspectos muy interesantes como los exótico
de las vestimenta de cada uno de los personajes, los nombres ya
asignados que aparecen el letreros de color negro sobre sus cabezas
y, sobre todo, la postura con que son representados. En efecto,
al contrario del resto de personajes que se muestran en los mosaicos
de la basílica, aquí los tres hombres aparecen de
perfil, en actitud muy dinámica de caminar, de avanzar
con celeridad hacia el lugar donde se encuentran la Virgen y el
Niño.
