El fin de semana del 11 y 12 de mayo,
tuvo lugar la tercera edición del ya clásico "Viaje
paisajístico y monumental: enigmático Románico
en el Valle de Mena", una ruta por la exuberante comarca
de las Merindades al norte de la provincia de Burgos, que atesora
una de las más valiosas colecciones de iglesias románicas
del país.

El sábado 11 salimos bien temprano
de la madrileña Plaza Castilla hacia la pequeña
localidad de Almendres, en la que solo viven de forma continuada
3 habitantes y su párroco.
Aquí visitamos el malogrado templo
del siglo XII de San Millán Abad, quienes estos vecinos
se esfuerzan en mantener vivo, restaurándolo con sus propios
medios. Su portada meridional es una verdadera joya, cubierta
por un peculiar repertorio escultórico de bestias medievales
que bien merece ser salvada de la ruina.

Desde Almendres, en apenas quince minutos
llegamos a Medina de Pomar, una de las localidades más
grandes de la Comarca, donde nos esperaba una reconfortante comida
de cara a enfrentar la jornada de la tarde.
Muy cerca de allí se encuentra
Butrera, otra pequeña aldea cuyo acceso solo puede realizarse
a pie, por lo que disfrutamos de un magnífico paseo a través
de los verdes prados, acompañados por el rumor del río
Trema y una suave lluvia.

Santa María de la Antigua de
Butrera es, sin duda, uno de los templos románicos más
completos de esta región, pues no solo tiene un bonito
pórtico y una de las mejor conservadas colecciones de canecillos
escultóricos en el ábside, sino que custodia en
su interior un precioso frontal de altar de piedra dedicado a
la Adoración de los Magos.

Deshicimos el camino de vuelta por el
agradable sendero de antes y cogimos nuestro autobús rumbo
al último destino del sábado: Bercedo, punto de
entrada al Valle de Mena propiamente dicho.
Tras una parada técnica, nos
acercamos a su iglesia de San Miguel Arcángel, enmarcada
por una encantadora portada románica muy similar en estilo
y temática a la que vimos por la mañana en Almendres.

En menos de una hora llegaríamos
a nuestro hotel en Bilbao. Aprovechando su conveniente ubicación
en una animada zona comercial, muchos de los viajeros optaron
por darse una vuelta por las tiendas antes de reunirnos para cenar.
El domingo nos adentramos en lo profundo
de Valle de Mena. Nuestra primera parada fue la desconocida San
Pelayo de Ayega y su curioso tímpano, ubicada en un caserío
de difícil acceso entre campos de cultivo y granjas. Precisamente
fue uno de sus animales, una simpática cabra que nos acompañó
durante las explicaciones, la que hizo las delicias de todos los
asistentes.

Desde allí nos dirigimos a Villasana,
capital del Valle, para hacer la parada técnica y tomar
un café en una de las muchas cafeterías de su plaza
principal. Aprovechamos para visitar su iglesia de Nuestra Señora
de la Asunción, que, si bien no es medieval, conserva otro
impresionante frontal de altar románico de la Epifanía,
muy similar al que vimos el día anterior en Butrera.

Regresamos a nuestro autobús
para visitar, ahora sí, las dos iglesias más renombradas
de todo el Valle, empezando por la de San Lorenzo de Vallejo de
Mena, construida por los caballeros de la Orden Hospitalaria de
San Juan de Jerusalén. Su cabecera destaca por su imponente
arquitectura monumental y de grandes dimensiones resaltada por
un potente juego de columnas. Frente a ella nos tomamos la primera
foto de familia del viaje.

Su exterior, además, ofrece un
magnífico repertorio de canecillos y tres puertas cuajadas
de decoración escultórica de alto valor simbólico
de sus arquivoltas.

Su interior muestra verdaderamente la
enormidad de este templo que posee bóvedas de crucería
angevinas, de origen francés, poco habituales en nuestro
románico y, de nuevo, un numeroso repertorio de capiteles
historiados de gran interés.

En apenas cinco minutos llegamos a Santa
María de Siones, enclavada en un marco idílico de
arroyos cristalinos y verdes senderos. Esta es, posiblemente,
la iglesia más conocida de todo el norte de Burgos, y sin
duda alguna, la más fotografiada de todo el viaje.

Sin desmerecer su armónico exterior,
nosotros nos centramos en su bellísimo interior cuajado
de delicados relieves escultóricos y enmarcado por dos
poco habituales ciborios adosados a los muros de la nave. Abandonamos
Siones completamente maravillados.

Tras una contundente comida en un restaurante
cercano, nos acercamos a la última de las iglesias del
viaje, la de El Vigo. Modesta y arquitectónicamente irrelevante,
merece la pena visitarla por su tímpano de la Pasión,
Muerte y Resurrección de Cristo, pues sintetiza, en su
modestia, perfectamente las características de la escultura
románica.

La niebla ya empezaba a cubrir el Valle
y llegó la hora de emprender el camino de vuelta a Madrid,
donde llegaríamos a la hora prevista tras dos paradas técnicas.
Ha sido un viaje verdaderamente precioso,
gracias a todos por acompañarnos una vez más ¡Nos
vemos pronto!