Conjunto
monumental de Sant Pere de Terrassa (Seu d'Ègara)
Introducción
Terrassa, co-capital
de la comarca del Vallés Occidental junto a su vecina Sabadell,
es hoy una populosa urbe de más de doscientos mil habitantes
situada a unos 30 kilómetros al norte de la ciudad de Barcelona.

En
pleno centro de la ciudad y pasando prácticamente inadvertido
entre edificaciones modernas, se alza, como si de un islote de verdor
y de historia se tratase, el complejo episcopal de la antigua
Diócesis de Ègara, sin duda, una de los conjuntos
monumentales altomedievales más interesantes y mejor conservados
no sólo de Cataluña, sino de toda cristiandad occidental.

Situado en una
posición elevada ligeramente dominante entre los torrentes
de Vallparadís y Santa María, el antiguo complejo
episcopal egarense, único de esta naturaleza conservado en
España, se compone en la actualidad de la iglesia (antigua
catedral) de Santa María, de la iglesia parroquial de Sant
Pere, del templo funerario de Sant Miquel (erróneamente denominado
"baptisterio"), y del conjunto de restos anteriores que
han ido apareciendo en el entorno durante las distintas campañas
de excavaciones allí practicadas y que, muy acertadamente,
se han dejado a la vista del visitante.

Una de las principales
particularidades y atractivos que presenta el actual complejo monumental
egarense es el hecho de conservar, en mayor o menor medida, restos
de prácticamente todas las civilizaciones y estilos que han
morado el lugar, a saber: íberos, romanos, paleocristianos,
visigodos, prerrománicos, románicos, góticos
e, incluso, de bien entada la Edad Moderna.
Breve
aproximación histórica
La actual Terrassa
y, más concretamente, su núcleo primitivo constituido
por el complejo episcopal, se alza sobre un terreno en el que han
aparecido restos íberos del siglo IV a. C. que, muy probablemente,
podrían corresponderse con la ciudad de Egosa, citada por
Ptolomeo allá por el siglo II a. C.
Como buena parte
del territorio peninsular, la primitiva Egosa íbera sucumbiría
a la dominación del Imperio Romano y acabaría siendo
romanizada, siendo elevada desde entonces a la categoría
de municipio bajo la denominación de "Municipivm Flavivm
Egara", conservándose aún restos de ese periodo.

Ya en el siglo
IV de nuestra era, una vez decretada la libertad de culto en todo
el Imperio tras el Edicto de Milán, se erigiría en
Ègara una primera basílica paleocristiana de una nave,
ábside semicircular, capillas funerarias a los costados y
un baptisterio tras la cabecera.
Sería
en el año 450 cuando quedase definitivamente constituida
la sede episcopal egarense, ampliándose la basílica
en su nueva función catedralicia y siendo erigidos los templos
primitivos de Sant Pere, Sant Miquel y el palacio arzobispal. Dichas
obras, se prolongarían hasta bien entrado el siglo VI.
Con la invasión
musulmana de la Península Ibérica, quedaría
totalmente desmembrado el entramado episcopal hispano-visigodo y,
pese a que durante la dominación carolingia muchos obispados
fueron restituidos, no fue el caso del egarense, que pasó
a depender directamente del constituido en Barcelona.
Pese a no funcionar
como sede mitrada, el antiguo complejo episcopal de Ègara
sería reconstruido y reacondicionado de nuevo para usos religiosos,
manteniéndose en pie hasta el 985, año en el que,
en el contexto de una de las devastadoras incursiones o razzias
del caudillo árabe Almanzor en tierras catalanas, quedaría
de nuevo parcialmente arruinado.
Sin embargo
y como en ocasiones anteriores, la población egarense no
tardaría mucho en volver a reedificarlo, constando en el
temprana fecha de 1017 una nueva consagración para la cual,
se acometerían importantes obras perfectamente documentadas
en Santa María y Sant Miquel.
Es de suponer,
incluso, que las citadas intervenciones afectarían también
a la parroquia de Sant Pere ya que, apenas 12 años después,
concretamente en 1029, vuelve a constar como parroquia activa y
en uso.

Ya en 1092,
el extinto conjunto episcopal pasaría a manos agustinianas
para funcionar como canónica, acometiéndose nuevas
obras de reforma y ampliación que afectarían tanto
a Santa María, la cual, fue dotada de su revestimiento lombardo
que aún contemplamos hoy; como a Sant Pere, que fue ampliada
mediante la adición de un crucero y un cuerpo de tres naves
que, pocos años después, fue de nuevo modificado para
devolver al templo su apariencia original de nave única.
La última
de las consagraciones altomedievales contrastadas del conjunto monumental
se remonta a 1112, funcionando desde entonces como canónica
agustiniana hasta 1592, solo unos pocos años antes de que
la iglesia de Sant Pere perdiese también su condición
de iglesia parroquial a favor de un nuevo templo urbano más
capaz y moderno erigido en el centro de la urbe egarense.
Desde principios
del siglo XX, el conjunto ha sido sometido a toda clase de estudios,
excavaciones y restauraciones, siendo la más relevante la
dirigida por el insigne arquitecto Josep Puig i Cadafalch. Fue declarado
Monumento Nacional en 1931, funcionando en la actualidad como una
de las seis secciones que componen el Museu de Terrassa.
Santa
María
La iglesia de
Santa María, situada en el extremo sur del complejo episcopal,
se yergue sobre los restos del primer edificio catedralicio paleocristiano,
del cual, han sido hallados numerosos restos en el propio subsuelo
que nos permiten conocer hoy su primitiva estructura, de dimensiones
considerablemente mayores que la fábrica actual y dotada
de un baptisterio anejo.

Esta primitiva
construcción paleocristiana sería remodelada en varias
ocasiones durante la Alta Edad Media, la última de ellas
entre finales del siglo XI y principios del XII según los
cánones estéticos del Primer románico lombardo
catalán.
Presenta Santa
María en la actualidad planta de cruz latina engendrada por
una única nave con bóveda de cañón apuntado,
crucero marcado en planta, y ábside de planta cuadrangular
al exterior que, sin embargo, al interior presenta morfología
ultrasemicircular, signo inequívoco de su origen prerrománico.

El crucero,
cubierto con bóveda de cañón, queda coronado
por un cimborrio octogonal elevado sobre cuatro pechinas que, a
su vez, sostienen el peso de un sencillo campanario románico
de dos cuerpos y tejado a cuatro aguas.
Su ingreso principal
se abre al costado occidental o de los pies, presentando un sencillo
arco de medio punto con dovelaje reaprovechado de restos anteriores,
y una articulación mural típicamente lombarda a base
arquillos y lesenas verticales que se prolonga a lo largo del costado
norte del templo y del propio cimborrio.
En el muro sur
se conserva una curiosa galería a modo de pórtico
abovedado que, en realidad, es más que probable que pudiera
tratarse de una de las pandas del claustro levantado cuando en el
siglo XII, Santa María d'Ègara pasó a funcionar
como canónica agustiniana.

Al interior,
amén de los restos de pavimento de mosaicos recuperados,
lo más interesante de esta iglesia se concentra en los dos
conjuntos de pinturas murales conservados tanto en el ábside
central, como en una curiosa absidiola semicircular abierta en brazo
sur del crucero.
Las del ábside
central, de mayor antigüedad y bastante desfiguradas tras haber
permanecido durante siglos cubiertas por otras pinturas más
modernas, presentan una genuina composición a base de anillos
concéntricos en torno a una esfera central que, con total
probabilidad, estaría presidida por la efigie del Maiestas
Domini.

El resto de
escenas, bastante perdidas como hemos recalcado, representarían
diferentes episodios alusivos a la vida de Cristo, siendo reconocible
el pasaje de la Crucifixión en el Monte Calvario y varias
escenografías en entornos áulicos y palaciegos.
La absidiola
al sur del transepto, descubierta en 1917 al ser retirado un retablo,
presenta un repertorio pictórico mucho mejor conservado y
de indudable cronología románica (finales del siglo
XII o principios del XIII).

Dividida en
tres registros en altura, la parte inferior del casquete despliega
exclusivamente formalismos decorativos, reservándose la figuración
a los dos cuerpos superiores. En el central, es perfectamente reconocible
el martirio de Thomas Becket, Obispo de Canterbury; mientras que
en la bóveda, presidiendo la composición, aparece
Cristo en Majestad entronizado y bendiciendo al propio Thomas Becket
y al Diácono Edward Grim.
Sant
Miquel
El coqueto templo
de Sant Miquel ocupa el espacio central del conjunto monumental,
entre Santa María y Sant Pere. Se trata del edificio de mayor
antigüedad o, por lo menos, el que mejor ha conservado su estructura
primitiva.
Al exterior,
llama la atención tanto por su apariencia centralizada como
por su armónico juego de volúmenes simétricos,
una simetría que queda tan solo rota por el ábside
meridional, de planta hexagonal al exterior y de herradura al interior.

Por lo tanto,
se trata de un edificio de planta de cruz griega inscrita en un
cuadrado y rematado en la mencionada cabecera sur. Al interior,
resulta evocadora la estructura central sobre la que se yergue su
cupulilla, la cual, descansa sobre ocho columnas en las que apean
tres arcos a cada uno de sus cuatro lados individualizando el núcleo
central de la estancia.

Las columnas,
de fuste monolítico, quedan coronadas por variados capiteles
entre los que se adivinan cestas reaprovechadas romanas y otras
ya con fórmulas puramente visigóticas. Otro aspecto
que llama la atención en Sant Miquel d'Ègara es el
remate de los cuatro ángulos interiores que, lejos de culminar
en aristas, lo hacen en una especie de exedras redondeadas a modo
de absidiolas esquineras.

A un nivel inferior
accesible a través de unas escaleras que parten del propio
pavimento del templo, abre una pequeña cripta de dedicada
a Sant Celoni rematada en una curiosa cabecera trilobulada. En dicha
cripta y durante unas excavaciones, aparecieron numerosas tumbas,
lo que refuerza la teoría de que el edificio contó,
desde sus orígenes, con una funcionalidad funeraria pese
a que, en varias publicaciones, aparece catalogada como "baptisterio".

De hecho, durante
la restauración acometida por Puig i Cadafalch, cuando aún
se daba por buena la teoría de la finalidad bautismal del
edificio, se instaló una pila bautismal que, en la última
restauración, fue definitivamente retirada.
A principios
del siglo XX fue retirado del ábside un modesto retablo gótico,
apareciendo tras él una colección de pinturas murales
en un estado bastante precario de conservación.
El programa
iconográfico ocupa toda la cuenca absidial en dos registros:
uno superior en la que se intuye la presencia del Pantocrátor
dentro de una mandarla sostenida por ángeles; y uno inferior
en el que, además de un crismón, aparecen prácticamente
borrados varios personajes nimbados y semiarrodillados llevando
sus manos a la cara en actitud de invitar al silencio.
Su estilo, bastante
próximo al de la miniatura prerrománica, ha hecho
que vengan siendo tradicionalmente encuadradas cronológicamente
en el siglo X.
Sant
Pere
Situada al norte
del complejo episcopal, la iglesia de Sant Pere es la de mayores
dimensiones y la que daba nombre al barrio del mismo nombre, germen
altomedieval de la actual Terrassa.

El templo, profundamente
reformado en distintas etapas, presenta en la actualidad una estructura
de nave única rectangular, un crucero notablemente marcado
en planta, y una cabecera de aspecto trilobulado que, en realidad,
sería de planimetría trapezoidal y rematada tres pequeñas
exedras semicirculares. Ya en fechas mucho más recientes,
le sería añadida, como si de una segunda nave se tratase,
una estancia al lado norte.

En el interior,
totalmente abovedado en piedra, son perfectamente apreciables sus
distintas fases constructivas, empezando por la más antigua
que se correspondería con la cabecera del siglo X, continuando
por transepto y crucero del siglo XI, y finalizando en la nave principal,
ya cronológicamente encuadrable bien entrado el siglo XII.
En el muro sur,
además de su sencillísima portada compuesta por cuatro
arquivoltas de medio punto lisas, se conservan los únicos
restos escultóricos del conjunto, personificados en la colección
de canecillos tipo ménsulas con rostros humanos que, en número
de 35, sostienen un alero volado también figurado.
Al interior,
su elemento más singular es el retablo pétreo descubierto
a finales del siglo XIX y que se añadiría a la cabecera
en una segunda etapa constructiva. Dicho retablo consta de dos registros
de arcos de medio punto sobre columnas que engendran un total de
seis hornacinas -dos arriba y cuatro abajo- que, a su vez, albergan
pinturas murales.
En el programa
pictórico, bastante desfigurado, parece reconocerse en el
registro superior a San Pedro y a Jesús, ambos individualizados
en su propia hornacina y flanqueados por un serafín y un
querubín. En el registro medio, también bajo arcos,
rematan la composición los símbolos animalísticos
de los cuatro evangelistas.
En el cuerpo
bajo, abierto mediante un vano desde el que se accede a una estancia
en la zona cabecera, aparecen distintas escenas narrativas en las
que es posible identificar un posible Paso del Mar Rojo y la Transfiguración
del Señor.
En conclusión,
puede afirmarse que el conocido como conjunto episcopal de Sant
Pere de Terrassa (Seu d'Ègara) es uno de los espacios monumentales
más genuinos del románico catalán ya que, pese
a que es de suponer que existieron otros semejantes (por ejemplo
en Vic), lo realmente espectacular del de Ègara no es sólo
que se conserve casi íntegro en cuanto a equipamientos religiosos
se refiere, sino que, además, puede perfectamente conocerse
a través de las distintas campañas de excavaciones
practicadas cómo era y cómo fue evolucionando a lo
largo de toda la Alta Edad Media hasta llegar a su actual aspecto.
(Autor
del texto del artículo/colaborador de ARTEGUIAS:
José Manuel Tomé)
