Guía de la iglesia de San Claudio de Olivares,
Zamora
Introducción
La
de San Claudio de Olivares es uno de los templos románicos
más interesantes del románico zamorano. Se ubicaba
en el arrabal homónimo, cuya población se dedicaba
a la agricultura.
Dicha situación era extramuros, al sur
del castillo y la catedral y muy próxima a las aguas del
río Duero.
Su comunicación con el núcleo
fortificado de Zamora era a través de la Puerta Óptima
o del Obispo.
Precisamente, su construcción tan próxima
a la orilla derecha del río Duero propició innumerables
inundaciones que llegaron a afectar al templo, como luego veremos.

Durante los siglos X, XI y XII hay documentos
que citan este barrio de Olivares. Sin embargo, la primera cita
de la iglesia de San Claudio es de 1176.

Arquitectura
Se trata de un templo de buena época,
no tardío, construido con la arenisca anaranjada local.
Tiene una nave de planta trapezoidal -no rectangular- y una ancha
y no demasiado alta cabecera de largo tramo presbiterial rectangular
al que se engarza un ábside de planta semicircular.
Probablemente, la iglesia de San Claudio
de Olivares fue construida en dos etapas:
La campaña más antigua correspondería con
la cabecera, incluyendo su extraordinario repertorio escultórico
interior. Podríamos datar esta fase a mitad del siglo XII.

La más reciente se encargaría
de construir la nave y se llevaría a cabo en la segunda
mitad de esa misma centuria.
Aunque el aspecto general del templo románico
parece a primera vista muy bien conservado, sin apenas modificaciones,
lo cierto es que problemas de cimentación y las inundaciones
del río Duero ocasionaron múltiples desplomes y
subsiguientes reconstrucciones. Por ejemplo, el muro meridional
del presbiterio se vino abajo y la superficie del ábside
perdió las columnas. En aquel destrozo se cayeron la bóveda
de medio cañón del citado presbiterio y la de cuarto
de esfera del ábside que debieron ser reconstruidas en
1910. También fueron muy afectados el muro meridional y
el occidental.

Exterior
Cabecera
Actualmente el ábside aparece casi completamente
liso, pero debió tener hasta seis columnas entregas, de
las que sólo ha perdurado una.

Los vanos de iluminación son tres sencillas
aspilleras. Tanta lisura sólo se anima con la corona de
canecillos que debió tener un conjunto iconográfico
muy interesante pero que ha quedado muy desfigurado por la erosión.
Aún así, se aprecian personas trabajando en tareas
que pudieron formar un calendario agrícola similar al de
la puerta norte.

Vemos, por ejemplo, un canecillo que muestra
la poda de la vid que representa el mes de marzo, otro con una
fiesta mayal que se corresponde con uno de los meses primaverales:
abril o mayo; otro que muestra una posible vendimia otoñal
y a un hombre calentándose al fuego que suele vincularse
con uno de los meses invernales.

También hay un músico con un
arpa, dos personajes en actitud de lucha (tipo lucha leonesa o
pancracio), un hombre pesando con una balanza romana, un dragón
que tiene rota la cabeza, etc.

Puerta norte
La puerta románica de la iglesia de
San Claudio de Olivares de Zamora, que se encuentra en su costado
septentrional, es otro de los elementos valiosos de la iglesia,
a pesar de que también hubo de ser restaurada, como atestiguan
los fustes y basas de sus columnas que son de una campaña
de restauración de los años ochenta del siglo pasado.

Abierta en un arimez prácticamente cuadrado
con un tejaroz con canecillos, posee cuatro amplias arquivoltas
de medio punto más una chambrana decorada con palmetas.
La arquivolta interior es plana salvo la clave que lleva un Agnus
Dei con una cruz.

La segunda arquivolta lleva en sus dovelas
representado un mensario o calendario agrícola del que
luego nos ocuparemos. La tercera arquivolta
lleva parejas de agrandes hojas vegetales. Por último,
el arco más exterior ofrece un amplio repertorio de animales,
mayoritariamente cuadrúpedos, que se encuentran en dispar
estado de conservación.

Los apoyos son las jambas y tres parejas de
columnas reconstruidas parcialmente. Los capiteles son vegetales.
Como dijimos, una de las arquivoltas de esta
puerta tiene una relevancia especial al contener todo el programa
de las representaciones de las actividades humanas durante los
doces meses del año. La lástima es, nuevamente,
el mal estado de los relieves por la blandura de la piedra empleada
y, seguramente, por la humedad de innumerables inundaciones acaecidas
durante casi 900 años.

Para leer las representaciones de los distintos
meses hay que seguir un orden de derecha a izquierda, es decir
de forma opuesta a las agujas del reloj. Su interpretación
es la siguiente:
Enero: dos personas separadas que tiene
rotas sus cabezas, sentadas ante pequeñas meses. Lo lógico
es pensar que pueda tratarse del banquete de Navidad.

Febrero: aparecen dos personajes. El
de la izquierda está sentado sobre una silla y el de la
derecha se encuentra en un gesto de genuflexión. Se ha
interpretado como dos personas que podrían estar calentándose
al fuego.

Marzo: de nuevo aparecen dos hombre
uno enfrente del otro. Amas figuras se encuentran bastante estropeadas.
No obstante ha sido interpretada por algunos como la eliminación
de malas hierbas o siega de heno.

Abril: es una de las representaciones
más claras. Aparecen dos personas. La de la izquierda porta
plantas (quizás ramos de flores) y una ave está
posada sobre su hombro derecho. Estaríamos ante la celebración
de las fiestas mayales de la primavera.

Mayo: es otro de los meses que no ofrece
dudas a pesar de que el cuerpo del caballero que está practicando
la cetrería se ha perdido casi completamente. Por fortuna,
además de la figura del caballo, se ha conservado la del
halcón. Completa la escena cinegética un perro que
el escultor ubicó sobre la grupa del caballo.

Junio: en esta dovela sólo se
aprecian dos hombres enfrentados, uno en cuclillas y otro en genuflexión,
que parece que llevan una gran planta. Podría estar representándose
la eliminación de cardos.
Julio: la dovela está tan alterada
que es completamente irreconocible. Debería tratarse de
la siega del cereal, uno de las tareas y momentos del año
más decisivos en la supervivencia de las familias de aldeanos
durante innumerables siglos, no sólo durante la Edad Media.
Agosto: es otra de las dovelas radicalmente
estropeadas. Se adivinan dos personajes y encima un gran animal
cuadrúpedo. Se piensa que podría tratarse de alguna
actividad relacionada con la trilla.
Septiembre: dos hombres con las partes
superiores de los cuerpos desaparecidas con un árbol o
planta (casi seguro que es una vid) en medio de ellos. Muy probablemente
se trató de representa la tarea fundamental de la vendimia
para la obtención del vino, que era el otro producto alimentario
básico en la alimentación medieval.

Octubre: en esta dovela sólo
se ven las piernas de un hombre y, a su izquierda, un barril.
Es bastante frecuente que es mes otoñal se describa con
el trasiego del vino al barril para su conservación.

Noviembre: junto a alguna figura humana,
se aprecian bien conservadas las figuras de dos cerdos, que se
encontrarían paciendo y engordando para la inminente fecha
de la matanza durante las fiestas de San Martín (11 de
noviembre).

Diciembre: parece que se trata de un
burro llevando leña para paliar los fríos invernales.
Para terminar la descripción de esta
interesante puerta de la iglesia de San Claudio de Olivares, diremos
que en una dovela de la arquivolta interior hay una inscripción
que alude al reinado de Alfonso X y la era de 1297 (año
1259), que debe ser unas décadas más tardías
que la construcción.
Interior
Cuando el visitante penetra al interior de
la iglesia de San Claudio de Olivares inmediatamente su atención
se dirige a la cabecera, que, a pesar de seguir siendo sobria,
cuenta con elementos del máximo interés. Las bóvedas
-rehechas a comienzos del siglo XX- son de medio cañón
para el presbiterio y de cuarto de esfera para el ábside.
La bóveda del presbiterio lleva un arco
fajón sobre ménsulas esculpidas con lo que podrían
considerarse dos atlantes.

El hemiciclo absidal sólo se anima mediante
los tres vanos que ya apreciamos al exterior, pero que al interior
muestran su amplio derrame para aumentar la iluminación.
También corren dos impostas paralelas que enmarcan por
encima y por debajo dichos vanos. Los muros del citado presbiterio
poseen arquerías murales de arcos de medio punto sobre
columnas: una en los extremos y una pareja de columnas geminadas
en el centro.

En el interior de la cabecera (capiteles del
arco triunfal y de las arquería murales presbiteriales)
se despliega un conjunto escultórico que es de lo más
importante de todo el abundante románico zamorano, donde
alcanza un gran protagonismo el bestiario fantástico. Estas
representaciones escultóricas son completamente homologables
a las de uno de los talleres que trabajó en la iglesia
asturiana de Santa María de Villanueva de Teverga.

En uno de los capiteles de las columnas del
arco triunfal aparece una pareja de grifos que beben de un cáliz.
Van acompañados de dos personajes. La iconografía
de aves (en este caso grifos) bebiendo de cálices o comiendo
racimos está muy presente en los primeros siglos del Cristianismo
-especialmente en el arte paleocristiano- como un símbolo
de la Eucaristía y de la perfección espiritual.
Además, los grifos suelen ofrecer un simbolismo positivo
como guardianes del lugar sagrado.

En el capitel opuesto del arco triunfal aparece
Sansón desquijarando al león de Timná flanqueado
por dos águilas de alas explayadas en las caras laterales.

A estas dos importantes esculturas hay que
sumar la de los capiteles de las columnas de las arquerías
presbiteriales. Además de su interés iconográfico,
ofrecen un estado de conservación sobresaliente.

Los temas representados de estos capiteles
son:
Máscara de felino de la que surgen tallos
de los que cuelgan piñas y racimos. En una de las caras
laterales hay un pájaro picoteando racimos de una vid.
Dos sirenas-ave con una pareja de leones, además
de cabecitas animales en la parte superior de las cesas.

Dos personajes (una mujer y un ser simiesco)
tras foresta vegetal y junto a unos objetos que podrían
ser desde vasijas hasta algún tipo de fruto periforme.

Cesta vegetal donde el mayor interés
es su cimacio que se adorna con clípeos circulares encadenados
en cuyo interior se esculpieron una rana, dos aves -una quizás
un pavo real- un hombre en cuclillas y un cuadrúpedo.
Pareja de centauros enfrentados portando un
arco y una lanza respectivamente. En las caras cortas laterales
hay una coqueta nereida de una sola cola y en el lado opuesto
un ser híbrido de cuerpo serpentiforme y cola escamosa
rematada por una cabecita de serpiente, torso alado y con brazos
y busto humano. Este capitel es prácticamente idéntico
a uno existente en la iglesia asturiana de Santa María
de Villanueva de Teverga, de mitad del siglo XII, por lo que podemos
datar esta iglesia zamorana por aquellas mismas fechas.

Capitel vegetal, con dos pisos de hojas lisas.
En todos ellos trabajó un taller que
caracteriza sus esculturas por lo voluminoso de las figuras (casi
de bulto redondo), por unos típicos rostros de cabellos
con raya central, ojos saltones con pupila marcada a trépano
y larga y redondeada barbilla.