Principios
y fundamentos ideológicos
La imagen difundida
entre el gran público en nuestros días respecto a
la guerra medieval es un puñado de tópicos donde se
entremezclan caballeros de brillantes armaduras, duelos en los que
el honor constituía un principio básico, eventos y
hazañas heroicas que inspiraron los cantares de gesta y a
los trovadores que los interpretaban, alimentando la imaginación
aún hoy en día de un buen número de personas.
Tales tópicos
parecen haber desviado a la opinión general del hecho de
que el fenómeno bélico debía ser tan cruel,
cruento y desagradable como lo es actualmente, si no aún
más, pues si bien hoy en día el poder de destrucción
de una fuerza militar y de su armamento es exponencialmente mayor
que en aquellos tiempos, la guerra se hallaba plenamente integrada
en la realidad del medioevo, mientras que hoy en día la guerra
es considerada un fenómeno extraordinario y, por regla general,
desaconsejable.

Para el período
en el que ahora nos introducimos, en cambio, la fuerza física
parecía ser el elemento esencial para dirimir cualquier litigio
por mucho que el mismo se ciñera a un espacio territorial
de pequeño tamaño. La violencia y el combate, por
tanto, eran un baremo de estatus como podía serlo la propiedad
de la tierra. El ejercicio de la guerra era un factor de distinción
social.
Los preceptos
bélicos medievales tanto de carácter teórico
como práctico procedían en su mayoría de los
textos grecolatinos. En este contexto se observa el origen y continuidad
de esta tradición en los tratados bizantinos, quizá
los más completos, de los cuales aunque se han recuperado
pocos, fueron copiados asiduamente a partir del siglo XVI en medio
de la resurrección del interés por el fenómeno
bélico que acompañó al Renacimiento.
Las obras publicadas
en la zona oriental del Mediterráneo durante la Alta Edad
Media muestran un interés didáctico palpable, pues
se acompañaba el texto de ilustraciones minuciosamente dibujadas,
lo que representa una baza a favor de lo que en ellas se refleja.

Las ilustraciones,
por regla general, completaban la explicación del manejo
y características de pesadas y complejas máquinas
de guerra. Un ejemplo ilustrativo constituye el texto de Flavio
Vegecio Renato, oficial del siglo IV d. C. Su obra Re militari,
fue ampliamente traducida, copiada adaptada y divulgada: aún
hoy se conservan 300 ejemplares manuscritos, que constituyen tan
sólo una parte de los que, con toda seguridad, dispusieron
sus contemporáneos.
Su
presencia en bibliotecas reales y nobiliarias indica que la lectura
debería ser obligada para mandos militares. La densidad y
especificidad de la misma dan a entender que estuvo pensada para
el estudio reposado y en detalle antes que para la consulta rápida.
Esto, no obstante, también puede relativizarse si tenemos
en cuenta que existieron ediciones de lujo para un público
muy exclusivo, destinadas a reposar en los anaqueles de las bibliotecas
y, por otra parte, ediciones de pequeño formato, considerablemente
más ligeras, lo que lleva a pensar. También, que la
obra estuviera a disposición de los militares para transportarla
en campaña.
No disponemos
de un volumen de cultura y material arqueológico suficientemente
rico por la propia naturaleza perecedera del hierro y de la madera,
componentes básicos del armamento ofensivo y defensivo. Nuestras
fuentes de información serán, por tanto, las miniaturas
de los códices.

Sin embargo,
por esmerada que sea la factura de la ilustración, el detalle
no tiene por qué -y de hecho rara vez solía- estar
en concordancia con la realidad, no siendo extraño que la
narración de una batalla o guerra pretérita estuviera
ilustrada con miniaturas donde se reflejaban armaduras e ingeniería
militar contemporáneas al autor. La fiabilidad de la miniatura
se elevará, por ello, en su contraste con los textos manuscritos.
Evolución
de la técnica, el armamento y la estrategia
Fue en los estados
de Flandes y en el norte de Italia donde se observa el papel de
la infantería en la mayor parte del mundo europeo occidental
durante la Edad Media. A partir de 1300 la infantería adquirió
en estos territorios no sólo un peso específico sino
también una identidad corporativa que conllevó un
cuestionamiento de la superioridad de la caballería en el
orden social establecido.

El desarrollo
de las denominadas armas de proyectil como el arco y la ballesta
y en un periodo tardío la pólvora, sellaron la mayor
efectividad de la infantería que, gracias a estos artefactos,
podía derribar con facilidad a un jinete, en principio mejor
armado y protegido.
Ello supuso
que a partir del siglo XIV un buen número de caballeros pusieran
en evidencia su estatus acudiendo montados a caballo a la batalla
para descabalgar justo antes de comenzar la misma. De este modo
contaban con mayores garantías para aguantar en pie sin causar
baja.

La preferencia
por el combate a pie caracterizó al soldado escandinavo durante
la Alta Edad Media. Este modelo se extendió con éxito
por la Península de Jutlandia y el norte de lo que actualmente
es Alemania siendo más valorados los infantes que procedían
de esta zona, dato a tener en cuenta considerando que no usaban
armas arrojadizas ni de proyectil, decantándose por hachas
largas y el angos, una lanza de longitud media destinada preferentemente
a ser clavada en el cuerpo del enemigo o en su escudo durante los
combates cuerpo a cuerpo.

No obstante,
por lo que a Bizancio respecta, la infantería pesada llevaba
la armadura de los jinetes y lanzas o jabalinas, siendo conocidos
como los antesignani. Estos iban en el centro y los flancos eran
guardados por otro tipo de infantería pesada. Detrás
de sus líneas, marchaban honderos y arqueros encargados no
sólo de vigilar la retaguardia sino de despejar el camino
en la medida de lo posible a los antisignati, causando al enemigo
las mayores bajas posibles antes de iniciarse el cuerpo a cuerpo.

Tanto las tribus
germánicas -visigodos, vándalos, alanos- como más
tarde los hunos, acabaron con la tendencia romana de disponer de
la caballería como cuerpo auxiliar. Las tribus de estos pueblos
mencionados hacían que la caballería encabezara el
destacamento, dando órdenes y dirigiendo a la infantería.
La caballería
se perfilaba entonces como una fuerza imprescindible para romper
las líneas enemigas y quebrar la resistencia de su infantería.
Consciente de ello, siglos después, Carlos Martel comenzó
una reforma de la caballería para dotarla de armamento más
pesado, proceso que continuaría Pipino el Breve, fundador
de la dinastía carolingia.
La aparición
de la llamada caballería acorazada, extendida después
a las tropas de Carlomagno y a la caballería normanda, fue
posible gracias a la invención y generalización del
uso del estribo, lo que dotaba al jinete y a su montura de una estabilidad
que le permitía cargar un mayor peso y blandir adecuadamente
su arma antes de descargar el golpe sin exponerse tanto a caer de
la montura. Tan impresionados por este tipo de caballería
quedaron los mandos militares islámicos que a partir de la
segunda mitad del siglo VIII el número de efectivos a caballo
en sus ejércitos aumentó en proporción geométrica,
hasta superar muy ampliamente a la infantería.

La evolución
de la caballería pesada culminó con la aparición
de la armadura completa. Los primeros testimonios que hablan de
esta forma de protección datan de finales de la primera mitad
del siglo XIII y se sabe que a principios del siglo XIV su uso estaba
generalizado, muy especialmente, en los ejércitos inglés
y francés.
Ello
es indicativo de que las victorias atribuibles a la caballería
habrían disminuido drásticamente y la mejora de las
armas de proyectil, así como la introducción de otras
nuevas, hacia más fácil que se pudiera atravesar la
cota de malla.Parecía
que se pretendía preservar a toda costa la vida del caballero
no tanto por motivos prácticos sino de prestigio personal,
evitando que se produjera su muerte a manos de infantes, por regla
general de inferior consideración social.
La experiencia
en el campo de batalla era lo único a lo que podía
aferrarse un general para vencer en el campo de batalla de la Europa
occidental feudal. Si los generales no se adaptaban instantáneamente
al enemigo y a las circunstancias que imponía la batalla,
el castigo a sus errores era la masacre de sus hombres y la conquista
del territorio que defendía.
La victoria
y la derrota, por tanto, quedaban a merced de la improvisación
y de las innovaciones militares que se habían producido hasta
ese momento. Era preciso hacer frente a los pueblos germánicos
y a los hunos, que, como ya hemos señalado, usaban la caballería
como fuerza de choque y se organizaban en tribus; se luchó,
más tardíamente, con soldados islámicos, mayoritariamente
a caballo, armados ligeramente y por ello rápidos en extremo
y, también, hubieron de medirse con los escandinavos, cuya
mayor novedad era aparecer como infantes transportados en navío.

Salir airoso
de todo ello era producto de un bagaje de experiencia y un incentivo
para idear las respuestas adecuadas a las nuevas amenazas que se
habían presentado recientemente.
A partir del
siglo XII en adelante, aproximadamente, se cuenta más habitualmente
con garantías añadidas que aseguraban la batalla como
la oportunidad de elegir el terreno por parte de un general y, una
vez dado este factor, la sorpresa o simplemente el ataque dirigido
contra el flanco más débil de la formación
enemiga. Para poder contar con estas bazas, se prefirió el
combate a pequeña escala, en forma de batallas rápidas
y escaramuzas, como quedó patente en la Guerra de los Cien
Años.
Guerra,
ejércitos y su relación con el poder político
y administrativo
Desde la caída
del Imperio romano a la Baja Edad Media asistimos a una presencia
masiva de la infantería en el campo de batalla, independientemente
de que en amplios contextos, donde se producían choques con
pueblos germánicos, ésta no fuera predominante como
hemos apuntado anteriormente. En la Alta Edad Moderna, para el caso
de Bizancio, el asedio aún no constituía la técnica
fundamental de conducir la guerra. Belisario derrotó a los
vándalos en la batalla de Tricamerón (535) cayendo
así su reino en manos imperiales tras una muy contundente
ofensiva, por lo que el asedio resultó completamente superfluo,
incluso a la hora de capturar ciudades fortificadas a conciencia
en el norte de África.

Sin embargo,
el dominio de la Península Itálica estuvo a merced
de estudiados asedios que destacaron por la persistencia en los
mismos, siendo necesarias dos décadas para rendir las principales
ciudades de esta área al poder bizantino. La movilización
masiva de la infantería y los asedios prolongados fueron
la tónica general en el debilitamiento de del Imperio bizantino,
lo que sumado a las campañas contra los ostrogodos en el
552 y contra el Imperio Persa en el 628 facilitarían considerablemente
la conquista de la región oriental del Imperio por los ejércitos
islámicos de los siglos VII y VIII, cuando éstos últimos
se apoderaron de Palestina, Siria, Egipto y, posteriormente, una
parte de la Península Itálica.
Pese al desgaste,
a mediados del siglo IX, Bizancio demostró ser capaz de poner
en pie un ejército de 120.000 hombres, otro de campaña
de 25.000 y, finalmente, otro ejército provincial de hasta
55.000 efectivos. Esto fue posible apoyándose en una base
demográfica de unas 8 millones de personas. Las dificultades,
por tanto, parecen señalar una tendencia a que estados no
consolidados ni suficientemente unificados pusieran en liza grandes
ejércitos, lo que a la larga supondría la conquista
del territorio romano oriental por tropas musulmanas así
como la fragmentación del Imperio carolingio en múltiples
estados.

Si el peso de
la infantería fue significativo y la mayoría de las
veces preponderante desde principios de la Edad Media, no es menos
cierto que, a partir de la Baja Edad Media, la caballería
no sólo no se mantiene en un plano secundario sino que afirma
su importancia. Durante la Guerra de los Cien Años, generalmente
fechada entre 1337 y 1435, los franceses recurrieron a la caballería
para atacar a los ingleses en Crécy, en 1346, y Poitiers,
en 1365.

Los ingleses
prefirieron basar su defensa en la infantería al verse obligados
a desmontar para resistir la carga de la caballería manteniendo
una formación compacta, lo que hizo que, transcurridos los
primeros momentos del combate, Inglaterra pudiera pasar a la ofensiva,
utilizando la caballería para llevar a cabo devastaciones
sistemáticas de las principales fuentes de riqueza del territorio
francés así como de sus infraestructuras.
Ello llevaría
a Eduardo III a ampliar su soberanía sobre territorios que
abarcaban una tercera parte de Francia en 1360. Se estaba imponiendo
esta vez un modelo basado en fuerzas militares considerablemente
más pequeñas que aquellas que fueron movilizadas en
la Alta Edad Media, reclutadas ahora y conforme nos acercamos al
siglo XV entre la población autóctona a cambio de
un sueldo en reinos de gran tamaño como Francia e Inglaterra
-la relajación de los vínculos feudovasalláticos
en materia de guerra obligaban a ello- o, en el caso de estados
de menor tamaño, al reclutamiento de soldados foráneos,
en definitiva, mercenarios.

No podemos descartar
por otra parte que el debilitamiento de este vínculo feudovasallático
en caso de guerra estuviera directamente relacionado con la centralización
del poder político y administrativo en manos de un monarca
u otro modelo análogo de soberano que, en el siglo XVI, daría
lugar al surgimiento del llamado primitivo Estado moderno.
(Autora
del texto del artículo/colaboradora de ARTEGUIAS:
José Joaquín Pi Yagüe)
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