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La herejía del Catarismo y los cátaros

Origen y configuración del Catarismo

El catarismo fue un movimiento religioso herético, con respecto a la Iglesia Católica, que surge en el S. XII y que, difundiéndose por toda Europa, tuvo especial arraigo en el Sur de Francia.

Desde un punto de vista doctrinal, el catarismo ha sido vinculado a diversas corrientes religiosas y de pensamiento:
  • Maniqueísmo y dualismo oriental, por cuanto contemplan la existencia de dos principios, el Bien y el Mal, en constante lucha. El Mal, Satán, habría creado el mundo y lo material, mientras que el Bien se identifica con lo espiritual.
  • Neoplatonismo, a través de Juan Escoto Erígena, que también pone el acento en el mundo de las ideas, en lo espiritual, frente al mundo terrenal, frente a lo material.
  • Bogomilismo, por cuanto, además de lo anterior, comparten algunas posturas respecto a los sacramentos, como el rechazo al bautismo de los niños
  • Paulismo, en una interpretación maximalista de las enseñanzas del apóstol San Pablo respecto a la castidad, el celibato y la santidad de estas virtudes.

Por su parte, el origen de este movimiento herético medieval se ha intentado explicar en base a diversas interpretaciones: Así, podría ser un movimiento de contestación social de carácter popular o más bien de sectores vinculados al desarrollo urbano y comercial, un intento por retornar al cristianismo primitivo, una doctrina que permitía a la pequeña nobleza asegurar su independencia frente a la Iglesia y los grandes magnates... Objeto aún de discusión por parte de los especialistas, lo que es seguro, es que en este movimiento, convergerían diversas inquietudes e intereses.

En cuanto al nombre, cátaro, provendría del griego 'katharos', esto es, perfecto, que es el estado que los miembros de este movimiento esperaban alcanzar y que es, de hecho, uno de los grados de la jerarquía cátara.

Dicho nombre, provendría de Alemania, dado que en Francia eran conocidos como texerant, mientras que en Flandes eran denominados piphles. No podemos confundir a los cátaros con los valdenses, fuertes en el Norte de Italia, nacidos de las doctrinas del rico comerciante lionés, Pedro Valdo. Dado el arraigo y la protección que tenían en la ciudad meridional francesa de Albi, desde 1183, los cátaros también serán conocidos como albigenses.

Ya el Concilio de Reims (1148), puede que se refiriera a ellos cuando acusa de cómplices a aquellos que dejen residir a los herejes en sus dominios. El Concilio III de Letrán (1179), articula medidas contra ellos y contra quienes tengan tratos con ellos, mientras que en 1163, Eckbert, abad de Schönau, escribía ya los Trece Sermones contra los Cátaros.

Por su parte, los cátaros habrían celebrado en 1174 el concilio de San Félix de Caraman, donde se reunieron los obispos cátaros del norte de Francia, Albi y Lombardía, y representantes de las iglesias cátaras de Carcasonne y Toulouse, siendo presidido dicho concilio por un papa, el oriental Nicetas o Niquinta de Constantinopla. Desde 1167 se habrían organizado diversos obispados cátaros, como el de Albi, Toulouse, Carcasonne y Agen. Los cátaros habrían tomado como modelo la organización eclesial católica romana, pero clasificaban los fieles de la siguiente forma:

  • Obispo
  • Perfecto
  • Diácono
  • Creyente

El diácono sería una especie de predicador, e incluso se le considera el equivalente al sacerdote católico. Sólo de entre ellos, serían elegidos los perfectos, fieles que habrían llevado su renuncia a lo material y lo mundano a un nivel superior, que les acercaba más que a ningún otro, a la perfección y la salvación. Por eso, sólo ellos podían nombrar a otros perfectos, ordenación que realizaban mediante la imposición de manos, rito sacramental equivalente al bautismo que se conoce como consolament o consolamentun. Otro de los sacramentos conservados por los cátaros, era una especie e confirmación, conocida como melhorament, que consistía en inclinarse tres veces seguidas delante del perfecto, pidiendo su bendición y la de Dios, a fin de perseverar en el camino hacia la perfección y la salvación. El aparelhament, por su parte, era el equivalente a la penitencia y la endura, el ayuno. Dado el radical rechazo de los cátaros a todo lo material, el ayuno más perfecto, el que garantizaba la salvación, era aquel que se llevaba al extremo de morir de inanición, lo que fue practicado por algunos de los fieles a este movimiento. Pobreza, celibato y rezo, constituían los pilares de la vida del perfecto cátaro.

Localización

El Concilio de Tours (1167) afirma que la herejía "parte del país de Tolosa", si bien, aún siendo esta el área donde arraigó de manera más intensa el movimiento, para algunos autores, las primeras manifestaciones se detectarían en el Norte de Italia, lo que avalaría la tesis de aquellos que hacen de las ideas del pope Bogomilo origen de muchos de estos movimientos heréticos, dada la relación de la Italia septentrional con el Imperio bizantino.

Sabemos que, tras ser barrido, el catarismo volvería a tener un breve renacimiento en la persona de Pierre Autier, precisamente gracias a la pervivencia en el norte de Italia de obispos y 'perfectos' que podrían imponer el consolamentum, permitiendo la pervivencia del movimiento. Sin embargo, para Everwin de Steinfeld, los primeros cátaros aparecen en Colonia en 1143.

Sea como fuere, lo cierto es que el área de mayor implantación se dibuja entre las ciudades de Carcasonne, Albi y Toulouse, con otros enclaves fuertes fuera de ese triángulo, como Laurac, Mirepoix o Montségur.

Los cátaros y los complejos equilibrios internacionales

Si bien el catarismo pudo ser manifestación de descontento social o religioso, este fenómeno pasará a la Historia más bien por el particular contexto político e internacional y los intereses encontrados en este ámbito meridional:

Corona de Aragón

Ante las embestidas musulmanas en el lado septentrional de los Pirineos, Carlomagno decidió constituir una serie de entidades lo suficientemente fuertes como para frenar las incursiones islámicas en el Imperio: Se constituía así un dispositivo defensivo, la Marca Hispánica, de la que el condado de Barcelona formaría parte. En el contexto de la disolución del Imperio de Carlomagno - tratado de Verdún (843) -, surgirá en Barcelona Sunifredo, comes Barchinonae, y que, según Ramón d'Abadal, podría ser del conde de Carcasonne, lo que nos puede dar una idea de la temprana ligazón de Barcelona con el ámbito pirenaico septentrional.

Efectivamente, los titulares del condado de Barcelona irán aglutinando diversos territorios al norte de los Pirineos, de modo que, por ejemplo, hacia 1070, Ramón Berenguer II adquiere los derechos hereditarios del condado de Carcasonne-Rases, por vía materna - Almodis de la Marche -, mientras que Ramón Berenguer III, recibirá Besalú en herencia en 1111 y al año siguiente, al casarse con Dulce de Provenza, obtendrá este condado y las tierras de Millau, Gavaldan y Carlat.

Esta política occitánica, será recogida por los reyes aragoneses cuando, a raíz del matrimonio entre Petronila de Aragón y Ramón Berenguer IV de Barcelona, se constituya la Corona de Aragón y ambas entidades queden vinculadas.

Francia

Desde que Matilde, hija de Enrique I Beauclerc, rey de Inglaterra y duque de Normandía, se casara con Godofredo Plantagenet, conde de Anjou, y el hijo de ambos, Enrique I, se casara a su vez, con Leonor de Aquitania, el rey de Francia veía cómo diversos territorios occidentales del Imperio de Carlomagno, escapaban a su control. De hecho, los reyes de Francia apenas controlaban mucho más que la actual Île-de-France. Paradójicamente, el rey de Inglaterra, ostentando títulos de extensos territorios franceses, siendo más poderoso que el rey de Francia era, sin embargo, vasallo suyo, por ejemplo, por los ducados de Normandía o de Aquitania. Así, determinado el inglés a sacudirse el dominio vasallático del francés, y éste, a su vez, a imponer claramente su soberanía, el enfrentamiento resultaba inevitable.

En este contexto, surge la figura de Felipe II Augusto (1180 - 1223), decidido a consolidar la soberanía regia y asegurar su dominio sobre los grandes principados surgidos de la disolución del Imperio carolingio. Sin duda, los dominios continentales del rey de Inglaterra, constituían uno de los desafíos más graves a los proyectos de Felipe Augusto, de manera que su sometimiento efectivo se convirtió en una prioridad para el galo. La vinculación comercial de Inglaterra y Flandes, inclinaría a los titulares de este ducado, vasallos del rey de Francia, a alinearse con los isleños. Sin duda, el principal escenario de la lucha sería, por tanto, el Norte, pero no debemos olvidar que el rey de Inglaterra también tenía vinculaciones con Aquitania - era duque de Guyena, porción de la antigua provincia romana -, por lo cual, no dejaba de ser el Sur un frente a tener en cuenta en la lucha general que mantenía Felipe Augusto contra los Plantagenet. La gravedad del asunto debía ser percibida ya por los franceses que asisten en 1159 al proyecto de enlace matrimonial entre los hijos de Enrique II de Inglaterra y Ramón Berenguer IV de Toulouse, enlace que suele ser manifestación, en estos tiempos, de una alianza política.

Por otro lado, la conquista de de Normandía (1204) por parte de Felipe II Augusto, implicó que los nobles normandos fueran desposeídos de sus feudos ingleses: Urgía compensar a dichos nobles con otras posesiones, si quería atraerse a los mismos y evitar una rebelión. No podemos olvidar que la cruzada contra los albigenses prendió especialmente en Normandia y que, de hecho, fue un normando, Simón de Montfort, el líder más destacado de la misma. Resulta significativo, además, que Simon de Montfort fuera también conde de Leiscester, si bien, lo era en teoría, dado que, como señalamos, los nobles normandos fueron desposeídos de sus feudos ingleses.

El Sur de Francia

La Francia meridional se encontraba dividida, en estos momentos, en diversas entidades políticas cuya vinculación vasallática resulta fluctuante: Por ejemplo, en 1135, Guillermo IV de Montpellier juraba fidelidad, nada menos, que a Alfonso VII de Castilla, mientras que Beziérs, Narbona y Carcasonne eran feudatarios de Pedro II de Aragón (1196-1213) durante el período que estamos analizando.

Sea como fuere, podemos distinguir tres grandes bloques:

  • Los Sant Géli, condes de Toulouse
  • Los Trencável, señores de Carcasonne, Béziers y Albi
  • Otros poderes locales: Foix, Narbona, Beárn

Teóricamente, los Trencável eran vasallos de los condes de Toulouse, pero la actitud refractaria de los primeros hacia el control por parte de sus señores, generaría tensiones y enfrentamientos entre ambos, llegando a cerrarse contra los Trencável, alianzas entre los tolosanos y aragoneses. Quizás este enfrentamiento explique la benévola y tolerante actitud de los señores de Albi y Béziers hacia los cátaros: Dado que Raimundo V de Toulouse combatía con denuedo la herejía, era natural que cátaros y Trencável se unieran, dada la convergencia de intereses y enemigos.

Papado

Aunque el arraigo de la herejía en el sur de Francia, y el amparo que los Trencável otorgaban a los herejes, podía preocupar a Roma, lo que los Papas temían especialmente era al Sacro Imperio Romano Germánico y los repetidos intentos de sus titulares por someter al Papado. Por eso, cuando Constanza de Sicilia se casa con Enrique VI (1190 - 1197), las alarmas saltaron en la Curia: el cerco imperial en torno a los Estados Pontificios se estrechaba.

Sabemos que la esposa de Raimundo VI, Matilda, era 'perfecta', es decir, una notable cátara - lo que es perfectamente plausible, habida cuenta de las influencias islámicas y bizantinas de la corte de su padre Roger II, que podrían haberla puesto en contacto con doctrinas orientales -, lo cual, habría contribuido a suavizar la actitud del conde de Toulouse respecto a los herejes. Que un señor como el de Albi protegiera a los herejes era una cosa, pero que un magnate como el conde de Toulouse se uniera a éste en su amparo a los cátaros, podía resultar demasiado inquietante para Roma. Ahora bien, lo realmente grave, es que Matilda, era hermana de Constanza, es decir, de la esposa de Enrique VI de Alemania, de manera que, Raimundo VI estaba ahora vinculado a los enemigos de Felipe II Augusto e Inocencio III papa, por cierto, de origen francés. El frente meridional se volvía ahora especialmente hostil.

La elección de Otón de Brunswick en detrimento del gibelino Felipe de Suabia, continuador de la tradicional política de los emperadores alemanes, redujo la tensión que había excitado los ánimos franco-romanos, pero ambos aliados se daban cuenta del peligro que suponía el condado tolosano, a la retaguardia del frente principal de la lucha entre ingleses y franceses.

La cruzada contra los cátaros

Paralelamente a estos acontecimientos, el Languedoc hervía desde un punto de vista religioso. Así, para contrarrestar la actividad cátara, la Iglesia envió diversos predicadores como Domingo de Guzmán, fundador, precisamente, de la Orden de Predicadores, también conocidos como dominicos, que continuarían la obra de San Bernardo de Claraval. Esta catequizante competencia se vería encauzada en los llamados coloquios, en los que cátaros y católicos se reunían para exponer sus puntos de vista. Si bien, Inocencio III podía impacientarse ante los escasos avances de la actividad misionera católica en el Languedoc, era Felipe II Augusto el que tenía bastante más prisa por dar salida a muchos de esos nobles normandos que se habían quedado sin sus feudos ingleses, y por neutralizar un principado que, a más de escapar al control soberano del rey de Francia, constituía un serio peligro en su retaguardia.

Milagro de Fanjeaux con Santo Domingo de Guzmán como protagonistaLa actitud de los legados pontificios como Pedro de Castelnau o Arnaud Amaury, muestran que a éstos no les interesaba la conciliación, sino poner a Raimundo VI al límite con exigencias cada vez más humillantes y duras que condujeran irremediablemente a la guerra. En 1207, Pedro de Castelnau consiguió que Raimundo VI se uniera a la cruzada contra los albigenses, pero el asesinato del legado pontificio poco después - supuestamente, a manos de un caballero al servicio del conde de Toulouse -, serviría en bandeja aquello que el rey de Francia esperaba desde hacía tanto tiempo: En marzo de 1208, Inocencio III proclama la cruzada contra Ramón VI y, lo que es más importante, contra sus territorios. El Papa, como no podía ser de otra manera, se dirige al rey de Francia y a la nobleza del Norte que, hasta ese momento, implicada en su lucha contra Juan Sin Tierra de Inglaterra, había ignorado otras convocatorias similares: Ahora, el Papa no llamaba a la cruzada sólo contra los herejes, sino contra un poder territorial muy concreto. Así, entre 1208 y 1209, Arnaud Amaury, sucesor de Pedro de Castelnau, predicará la cruzada, uniéndose a ella, entre otros magnates del norte, Otón III de Borgoña.

Inicialmente, Ramón VI propondrá a su rival Ramón Roger, señor de Albi y Carcassonne, constituir una alianza contra la cruzada, pero el de Albi la rechazará. ¿Por qué rechazó Ramón Roger un ofrecimiento dirigido a frenar una agresión que iba, al fin y al cabo, especialmente contra él?. Quizás, el Trencável sabía que esa cruzada no iba tanto contra los herejes, como contra el conde de Toulouse, de manera que era probable que, si a las puertas de sus dominios, el señor de Albi se arrepentía, los cruzados respetarían su posición y títulos, mientras arremetían contra el tolosano, eliminando así a su adversario. Es probable que el conde de Toulouse se diera cuenta de la maniobra, puesto que él acabará haciendo exactamente lo mismo: Si la cruzada barría a los pequeños nobles de Occitania que habían tolerado o protegido a los herejes, cuando los cruzados se marcharan, el tolosano quedaría como el poder hegemónico de la zona.
Ahora bien, aunque Raimundo VI se había unido a los cruzados, el líder de éstos, Simon de Montfort atacaría también Toulouse, demostrando que la cruzada no se dirigía tanto contra los herejes, como contra el titular del poderoso condado meridional, insistimos, amenaza constante en la retaguardia de Felipe II Augusto y poder todavía no sometido a la efectiva soberanía del rey de Francia.

Cruzada contra los cátaros

Las victoria de Simon de Montfort, suponen victorias para el rey de Francia, pero su peón normando comenzaba a hacerse demasiado independiente y poderoso: Si en el verano de 1209 conquista Béziers y Carcasonne, convirtiéndose en señor de ambos señoríos - Pedro III aceptó que Simon de Montfort tuviera estos señoríos, pero estaría sometido a vasallaje del conde de Barcelona -, poco después irá arremetiendo contra otros enclaves y territorios, llegando a tomar Moissac e incluso los señoríos de nobles que nunca habían amparado la herejía.

Los nobles del Sur de Francia se dieron cuenta de que, o bien, la cruzada tenía como objetivo la completa erradicación de la herejía - muchos de sus familiares seguían las doctrinas cátaras -, o bien, se pretendía la completa sumisión del sur al rey de Francia, de manera que, ante la eficaz resistencia de Toulouse, el conde de Fóix, el vizconde de Béarn y a otros señores se unieron a Raimundo VI para combatir a los cruzados. Quizás las palabras atribuidas a Arnaud Amaury respecto a la población cátara y católica de Béziers, - "matadlos a todos, Dios escogerá a los suyos" - sean apócrifas, pero pueden ser un claro reflejo de lo que el rey de Francia y sus agentes pontificios pretendían: Someter a su soberanía el sur de Francia, territorio que, fuera católico o cátaro, prefería mantener la situación tal y como estaba.
Sin embargo, la intensa actividad conquistadora de Montfort, podía conducir a la constitución de un principado aún más poderoso y extenso que el de Raimundo VI, por lo que Inocencio III acabará denunciando los excesos de Montfort, quizás horrorizado por las matanzas realizadas por el mismo, pero quizás también respondiendo a la inquietud generada en Felipe II Augusto por la exitosa expansión y consolidación del noble normando.

Ahora bien, si el Papa procuró atenuar los excesos de Montfort, Inocencio III no atenderá las demandas de los señores injustamente desposeídos, por lo cual, muchos de estos, vasallos de Pedro II el Católico de Aragón, decidieron pedirle ayuda, conscientes del prestigio alcanzado por su brillante y vital actuación en las Navas de Tolosa contra los almohades (1212), que le valió el título de rey católico. La presencia del aragonés mostraría al Papa que la de Montfort, no era una cruzada contra la herejía, sino una simple operación política.

Pedro II, por su parte, tenía algunos motivos para intervenir: Los genoveses estaban trastornando sus planes respecto a Valencia y Mallorca, y Francia era el principal aliado de estos comerciantes italianos. Por otro lado, y como adelantamos más arriba, el rey de Aragón recoge la política pirenaica del condado de Barcelona, de manera que la actuación de Montfort es contemplada como una intolerable injerencia del rey de Francia en un ámbito de influencia que le pertenecía. La intervención en el sur de Francia, podría servir para enfriar el excitado ánimo galo y daría a Aragón mayor margen de maniobra en su pugna mediterránea. En septiembre de 1213, aragoneses y cruzados habrían de encontrarse en Muret, pero la derrota y muerte de Pedro II en la batalla, constituirá un duro golpe para la posición de los catalanos-aragoneses en el Pirineo septentrional.

Batalla de Bouvines

Tras la victoria de Muret, Monfort volvió a arremeter contra Toulouse, pero como tras la batalla de Bouvines (1214), Felipe II Augusto había neutralizado a sus más poderosos enemigos, decidió que ya había llegado el momento de ocuparse del frente sur, y muy especialmente, del activo y poderoso Simon de Montfort. El que había iniciado su carrera como peón de Francia, parecía estar ahora fuera de control, por lo cual, urgía contrarrestar su poder…. Y precisamente, el conde de Toulouse podía servir a tales propósitos. Para no crear perplejidad entre los cruzados, el rey de Francia no podía pactar con Raimundo VI, personaje que, a pesar de retractarse, hacer penitencia o de haberse unido a los cruzados, había sido atacado sin piedad. Si ahora se pactaba con él, podría cundir la confusión entre los cruzados, y lo que es más importante, Simón de Montfort y otros jefes cruzados ahítos de tierras y títulos, podían sospechar. Era necesario eliminar a Raimundo VI, pero sin destruir por ello el señorío de los St. Gilles ni a sus legítimos titulares; la solución era simple: Raimundo VI sería sucedido por su hijo Raimundo VII.
Aceptando los tolosanos las soluciones propuestas en el IV Concilio de Letrán (1215), Raimundo VI y su hijo, durante el viaje de vuelta, serían recibidos en Marsella y Avignon con honores, jurándoles fidelidad. La victoria de los Raimundos en la batalla de Beaucaire (1216), anunciaba que la estrella de Montfort comenzaba a declinar. Es entonces cuando, decidido el normando a acabar de una vez por todas con los St. Gilles, decide poner un nuevo sitio a Toulouse. Sin embargo, el 25 de junio de 1219, Simon de Montfort moriría bajo los muros de la ciudad.

Muerta de Luis VIII

Con la desaparición de Montfort, los señores del sur vieron alejarse el peligro de conquista y desposesión de sus feudos y señoríos, por lo que también se atenuaría el apoyo a los cátaros. El sucesor de Felipe Augusto, Luis VIII, seguirá presionando sobre los herejes y acabará imponiendo su autoridad, pero llegará a un acuerdo con Raimundo VII (Tratado de París, 1229), por el que el tolosano conservaba sus dominios y, a cambio, el rey de Francia consolidaba su autoridad. Raimundo VII debía, además, combatir a los cátaros hasta su completa erradicación.

El final del Catarismo

El final del catarismo, viene dado por diversas causas, que podemos clasificar en dos grandes grupos:

Externas

Como adelantamos más arriba, la muerte de Montfort contribuyó a que la pequeña nobleza atenuara el apoyo prestado a los herejes. Los cátaros ya no eran tan necesarios y, seguir apoyándoles, podía sumir Languedoc en una nueva tormenta como la padecida desde 1209. De hecho, Ramón VII se preocupó de combatirles y perseguirles.

La Iglesia incrementará la labor de persecución y exterminio.

internas

Disensiones doctrinales

Dudas, desconfianza y desazón entre los fieles.
Uno de los aspectos más problemáticos, y que generó gran inquietud y defecciones entre los cátaros era, por ejemplo, la doctrina relativa al estado del perfecto: Así, si un perfecto pecaba, todos los que hubieran recibido el consolament de sus manos, lo perdían, de manera que se condenaban irremediablemente. Muchos comenzaron a temer si se salvarían, al no saber si el perfecto que les había impuesto las manos había pecado, generando dudas, desconfianza y una insoportable desazón entre los seguidores de la herejía, que les acabó por apartar del movimiento.

El rechazo al matrimonio y las relaciones sexuales, contribuyó a reducir sus efectivos demográficos.
Así, los cátaros afirmaban que si una mujer moría antes de dar a luz, se condenaba, puesto que había muerto llevando un demonio dentro. Y es que, si todo lo material era obra de Satán, también el hombre lo era - de hecho, Satán habría creado al hombre del barro y le habría infundido vida al incardinar en dicha creación a un ángel caído -, de manera que las mujeres embarazadas no estaban más que propiciando el nacimiento de nuevos demonios, y tenían ya dentro de sí un demonio. Que las mujeres pudieran ser ordenadas quizás atrajera a muchos disidentes de la Iglesia Católica, pero este tipo de doctrinas acabaría alejando a muchas de ellas, en una época, en la que éstas eran principales educadoras y transmisoras de valores.

La revuelta de 1242
Ante la virulenta persecución padecida por los cátaros, el sur de Francia volvió a agitarse en 1242, siendo asesinados algunos eclesiásticos. Dado que la revuelta habría sido planificada en Montségur, bastión albigense en el que se habrían refugiado obispos y gran número de perfectos, se resolvió acabar con el mismo. Sometido a sitio entre el verano de 1243 y marzo 1244, su caída supuso un duro golpe para el movimiento, al desaparecer el grueso de aquellos que, mediante imposición de manos, podían ordenar a nuevos perfectos.

Refugiado en el Norte de Italia, el catarismo intentaría resurgir en diversas ocasiones a lo largo del S. XIV, destacando el período de Pierre Autier (1299 - 1310), hasta desaparecer en los albores del S. XV.

(Autor del texto del artículo/colaborador de ARTEGUIAS:
Jorge Martín Quintana

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