Los trabajos
eran completamente necesarios en una primera época para lograr
la supervivencia material de la comunidad monástica. Entre
estos trabajos manuales, era importatísma la labor agrícola.

No obstante,
se va a producir una paradoja con respecto a los monjes y que se
repitirá cíclicamente a lo largo de toda la Edad Media.
Tal paradoja
es que aquellos valerosos piadosos que se retiraron de la vida mundana
para alcanzar la perfección espiritual, renunciando a riquezas
y placeres, pronto serán considerados por la sociedad como
hombres santos a los que hay que proteger y "mimar" a
cambio de que recen por los pecadores.
La mayoría
de los monarcas y magnates medievales hicieron bastísimas
donaciones a los monjes para que intermediaran y rezaran por sus
almas pecadoras. Puede que desde la óptica del siglo XXI
parezca peculiar esta forma de intentar ganarse la Eternidad, pero
para los hombres de aquella época era de vital importancia
y quienes podían permitírselo, llegaban, incluso a
querer ser enterrados en ellos. En ste setido, recordamos que Alfonso
VI, benefactor del monacato benedictino cluniaciense, eligió
ser eneterrado en el Monasterio de San Benito de Sahagún,
a pesar de heber fallecido en la lejana ciudad de Toledo.
Por ello y
de manera progresiva, los monasterios van a pasar a ser centros
de poder y riqueza, y gracias a las donaciones, comenzaron a tener
tierras con campesinos que trabajaban para los monjes.
Llegado este
momento, las labores agrícolas de éstos se hicieron
innecesarias y fueron sustituidas fundamentalmente por diversos
rezos litúrgicos.

El opus Del
(obra de Dios) pasó a considerarse la coronación y
justificación de la vida monástica. Se levantaron
grandes iglesias para la celebración del opus Dei, cuyo ceremonial
estaba calculado para ejercer un efecto arrebatador sobre la audiencia.
Los monasterios eran ya parte integrante de la sociedad; los escritores
medievales primitivos describían el orden social compuesto
por hombres que hacen la guerra, hombres que trabajan y hombres
que rezan.
Estudio
y labor educativa en la vida monástica
El estudio
no formaba parte del programa benedictino original: la lectura era
especialmente devocional. Los irlandeses, en cambio, sentían
gran entusiasmo por el estudio, entusiasmo que transmitieron a los
anglosajones; la confección de libros y la iluminación
de manuscritos se convirtió en función reconocida
de los monasterios, y los iluminadores irlandeses alcanzaron un
altísimo nivel en el arte decorativo.
La labor educativa
de los monjes se concentraba generalmente en sus propios novicios.
Hasta 1150, aproximadamente, los intelectuales ingresaban en una
comunidad religiosa porque no había otro lugar en la sociedad
que pudiera alojarlos. Los monasterios se encontraban por lo general
demasiado dispersos para actuar como centros de la vida intelectual,
y la regla de estabilidad impuesta a los monjes impedía la
difusión de ideas. No obstante, en una zona del" norte
de Francia y por un breve período entre 1050 y 1150, los
monasterios se pusieron a la cabeza de los movimientos intelectuales
de Occidente hasta que se vieron sobrepasados por la mayor flexibilidad
de las escuelas catedralicias.
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